La historia a menudo se interpreta de manera selectiva, especialmente cuando puede alterar las narrativas favoritas de algunos. La Masacre de Fastov es uno de esos eventos que probablemente no escuches en tus clases de historia porque no encaja cómodamente en el relato políticamente correcto. En septiembre de 1919, en Fastov, una ciudad a unos 75 kilómetros de Kiev, una oleada de violencia se desató contra la comunidad judía. Esta matanza, parte de una serie de pogromos cometidos durante la Guerra Civil Rusa, resultó en el brutal asesinato de cientos de judíos, en un momento donde Ucrania estaba hundida en el caos político y social tras la Revolución Rusa de 1917.
Fastov era realmente una pequeña representación de lo que estaba ocurriendo en todo el país tras el colapso del imperio zarista. Comandantes militares que supuestamente luchaban por la libertad de Ucrania pintaron las calles de rojo con la sangre de aquellos que consideraban responsables de sus problemas. La ironía es palpable cuando te das cuenta de que luchaban por la libertad, pero se la negaban brutalmente a quienes no consideraban dignos. Los números son escalofriantes: más de 800 aldeanos judíos fueron asesinados sin piedad en un solo día.
La razón detrás de esta masacre es un ejemplo menos mencionado de cómo los vacíos de poder y las ideologías extremistas conducen a actos de terror. Líderes militares ucranianos como Symon Petliura permitieron o instigaron estos actos en nombre de la lucha nacionalista, pero la verdad es que estaban perpetrando una limpieza étnica disfrazada de lucha patriótica. ¿Y por qué no? La retórica nacionalista era la coartada perfecta, una justificación conveniente para barbaries en nombre de una causa.
Mientras el mundo observa en estado de perplejidad y horror, la comunidad internacional ha optado muchas veces por el silencio. El sufrimiento de la comunidad judía en Ucrania durante este período es un capítulo menos sonado en libros de texto modernos. Y es que, en parte, salía del guion cómodo de la narrativa de opresores y oprimidos. Nunca es fácil mirar directamente a la incapacidad humana de proteger a los más vulnerables en tiempos de guerra.
Los pogromos en Fastov no solo se llevaban vidas humanas sino también el legado cultural y económico de la comunidad judía. La devastación fue tal que la ciudad perdió no solo su vitalidad sino también su papel en el tejido social y económico de la región. ¿Acaso los nuevos líderes militares trajeron verdadera prosperidad? La historia demuestra lo contrario; el terror solo engendró más terror, mientras las promesas de libertad eran ahogadas por la sangre y las lágrimas.
No esperes demasiada indignación desde ciertos estamentos ideológicos sobre esta masacre. Después de todo, reconocer hechos como estos podría desafiar eso que tanto les incomoda: mirar la historia objetiva que complica sus idealizaciones. Sin embargo, aquellos de nosotros que estamos dispuestos a mirar al espejo de la historia debemos recordar que no toda lucha por la independencia es noble, ni cada movimiento nacionalista es un camino hacia la luz.
Al final, la historia de Fastov nos recuerda que las ideologías extremas, ya sean de un lado u otro, a menudo conducen a tragedias humanas. La glorificación de ciertos movimientos y la omisión conveniente de sus crímenes oscurecen las verdaderas lecciones que debemos aprender de nuestro pasado. Así que la próxima vez que alguien quiera limpiar la historia para que luzca mejor en su página de Twitter, recuerda Fastov. Algunas historias merecen ser contadas, aunque sean incómodas y amargas. La verdad rara vez es bonita, pero no deja de ser verdad.