El Genio Incomparable de Manuel Summers que los Progres No Quieren Reconocer

El Genio Incomparable de Manuel Summers que los Progres No Quieren Reconocer

Manuel Summers, cineasta español, trazó un legado que pocos pueden igualar, cruzando los límites de lo convencional con películas osadas que desafiaron la comodidad de muchos.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Manuel Summers era un hombre que rompía moldes, un cineasta español que sabía cómo dar en el clavo con cada película. Su talento no tenía rival en una época donde el cine español estaba lleno de propuestas mediocres y conformistas. Nacido en Sevilla el 26 de marzo de 1935, Summers tenía un ojo agudo para ver lo que muchos pasaban por alto, lo que le permitió satirizar la sociedad con agudeza y sin pelos en la lengua.

Con su primera obra maestra, "Del rosa al amarillo" (1963), Summers empezaba a abrirse camino como alguien que no temía correr riesgos o desafiar los clichés del cine de la época. Este film profundizaba en los extremos de la emoción humana a través de dos historias de amor, pero no lo hacía de forma melosa. Si bien uno podría pensar que una historia sobre la infancia o la senectud debe ser tratada con guantes de seda, Summers arrasó con esa idea mostrando las relaciones en su forma más cruda y auténtica.

En los años sesenta, en medio de un panorama político tan cargado, Summers usó la ironía y el humor para hablar sobre la vida cotidiana, infectada de totalitarismo y absurda burocracia. Mientras que los progres preferían levantar pancartas, Summers le dio al público una catarsis cinematográfica. Su película "No es bueno que el hombre esté solo" (1973) fue otra joya audaz, con un guion cortante que hizo que las instituciones parecieran ridículas pero a la vez reales.

Luego vino "Adiós, cigüeña, adiós" (1971), donde tocó la controversia con valentía, retratando el despertar sexual de los adolescentes. Claro, hoy día muchos lo criticarían por su aproximación directa, pero Summers no hacía concesiones a la corrección política ni a las expectativas del buen gusto académico. Mostró lo que la gente común vivía, algo que a los que escriben desde la torre de marfil les resulta inaceptable.

En "Juguetes rotos" (1966), Summers puso bajo el microscopio a aquellos que alguna vez tuvieron fama y éxito, ahora olvidados y rotos. La película es una travesura melancólica que remueve las capas superficiales del éxito, algo que ciertamente incomoda a aquellos que sólo buscan halagos y apariencias.

La habilidad de Summers para narrar sin moralizar es una lanza que atraviesa cualquier argumento progre de suavizar la realidad. Él entiende que el cine no está ahí para hacer sentir bien a nadie, sino para mostrar una verdad, dura y fría como el mármol. Sus guiones no toleraban medias tintas, y su capacidad para convertir lo ordinario en extraordinario deja atrás a muchos directores de su generación.

Cuando trabajó en "Mil millones para una rubia" (1972), mostró que en el cine, como en muchas otras cosas en la vida, el dinero y la codicia son motores poderosos que deben ser expuestos y no glorificados. Summers no tenía miedo de tocar temas que hacían temblar a los débiles de corazón.

Incluso dirigió "El Crimen de Cuenca" (1979), una película que escribió y produjo, que reaviva la crítica social de una España que aún vivía las resacas del franquismo. Y cómo olvidar cuando prendió fuego en Cannes con "La Casa de las Palomas" (1972), que fue admirada por su valentía más allá de fronteras. Summers no estaba ahí para complacer, estaba ahí para producir una reacción visceral, y vaya si lo logró.

Summers falleció el 12 de junio de 1993, pero su legado sigue. Más allá de los gustos, el nombre de Manuel Summers está inscrito en el cine con letras de oro. Porque en una España donde el cine a menudo se preocupaba más por quedar bien que por ser valiente, Summers fue un faro insolente de autenticidad.