¿Qué tal un tema magnífico que siempre logra desempolvar las hipocresías de la izquierda y ponerlas en clara vista? ¡Hablemos de las manotas! Una práctica que muchos jóvenes y no tan jóvenes han encontrado como el perfecto símbolo de rebeldía e identidad en toda América Latina. Se desarrolló en la cultura urbana hace ya varias décadas en las calles de Argentina, donde manotas se refiere al hecho de dar un golpe con la mano abierta, un gesto común en los grafiteros al aplicar su 'arte'. Pero, llamémoslo como es: no es arte, es vandalismo bajo un manto de expresión artística, una verdad que los defensores elitistas de la cultura urbana parece que eligen olvidar.
Las manotas se han convertido en una especie de rito de paso para los rebeldes sin causa, aquellos que creen que están cambiando el mundo con un tarro de aerosol. El problema radica en cómo esta práctica se enarbola como símbolo de libertad de expresión, una bandera a menudo desvirtuada por quienes ven todo desde una perspectiva permisiva y cómoda. Pero si observamos de cerca, nos encontramos con la ironía suprema: una ciudad destrozada, un barrio víctima de actos de vandalismo, siempre defendido con frases de libertad. Lo que realmente sucede es que, al final, el único arte que se ve expandirse más rápido es el de la postura 'progre', donde todo está permitido, menos lo que no encaja con su narrativa.
El fenómeno manota ha trascendido fronteras latinas. Lo vemos en barrios de Nueva York y San Francisco; sitios idolatrados por el ala liberal como ejemplos de progreso social. Sin embargo, ¿qué vemos realmente? Muros llenos de grafitis que glorifican la suciedad y la indiferencia. ¿Y qué pasa cuando uno se atreve a cuestionar este fenómeno? Callado, tachado de intolerante, sacudido en las redes por aquellos que cantan la canción de la diversidad, pero que marchitan a la primera flor que no sigue sus ideales.
Aquí es donde encontramos a nuestra juventud perdida en la selva de lo políticamente correcto: un espectro donde todo se sacrifica en nombre del arte rebelde, pero oh, ¿quién cubrirá los costos de limpiar las paredes maltratadas? ¿Quién se responsabiliza cuando estas rebeliones dejan un rastro de destrucción a su paso? La gran hipocresía es evidente: los mismos que glorifican las manotas aseguran que nuestras instituciones no están haciendo lo suficiente para mejorar sus comunidades. Y bien, ¿quién destruye, realmente, estas comunidades por una falsa ilusión de rebeldía?
Al preguntar por qué las manotas son tan celebradas en estos entornos, la respuesta cae en ese saco roto que siempre nos traen ciertas ideologías. Nos dicen que son parte de una conversación más amplia sobre desigualdad y acceso equitativo a la cultura. Argumentan que la juventud necesita un canal para expresar su enojo con el status quo. Bueno, pues a este paso, el único cambio que veremos es un incremento en las cuentas municipales destinadas a borrar las marcas de una rebelión que no tiene ni pies ni cabeza.
Antes, nuestros héroes levantaban naciones con trabajo, identidad y fe en un sistema que premia al trabajador. Hoy, algunos de nuestros jóvenes alzan latas de aerosol como si fueran banderas de victoria. Un gesto que está muy lejos de crear futuro alguno. Donde debería imperar una conversación sobre valores, identidad y consecuencias, nos encontramos con expertos en evasivas argumentando que las manotas son libertad encarnada. No, lo que es libertad es construir, contribuir y comprometerse con un bien mayor que uno mismo.
¿Y los políticos? Bueno, ellos claman apoyo a estas tendencias sin ningún plan real para balancear las cosas. En su perpetua búsqueda de votos de una generación desencantada, dejamos una nación cada vez más fragmentada, donde las soluciones vienen de la calle y no del Capitolio. Mientras tanto, continúan extendiendo alfombras rojas a un estilo de vida que pone el individualismo por sobre la esencia de comunidad.
No es simplemente una discusión sobre pinturas en paredes. Es un tema que toca las raíces de lo que valoramos como sociedad. Un grafiti puede ser borrado, sí, pero la postura de permisividad absoluta es mucho más difícil de disipar y desmantelar. La pregunta que queda en el aire es si dejaremos que nos sigan vendiendo humo, o si finalmente reconduciremos los pasos hacia una sociedad que de verdad celebra el arte del esfuerzo y no el espejismo de la desobediencia premeditada y vana.