¿Quién no ha oído hablar de "Mambo Birdland"? Este famoso club nocturno, ubicado en el centro de la bulliciosa ciudad de Nueva York, se ha convertido en el bastión del progre liberal que pretende tener alma de jazz. Imaginemos un espacio inicial lleno de promesas donde Mambo Birdland solía evocar imágenes de noches estrelladas y música que te eleva el espíritu. Pues bien, parece que seguiremos soñando porque la estrella en esta historia no es precisamente la música, sino el delirio progresista de quienes ahora lo frecuentan.
Para entender de qué hablo, primero pongamos las cartas sobre la mesa: Mambo Birdland ha sido desde su inicio allá por 1949 un lugar convertido en cita obligada para manifestaciones culturales. Irónicamente, se inició como un lugar donde la gente se congregaba para olvidar por un rato las tensiones del día y encontrar refugio en el jazz. Con la evolución melódica que se prometía mantener viva la tradición, uno esperaría que también fomenten un intercambio de ideas abierto, franco y diverso. Pero no es así como sucede aquí.
Cuando vemos el Birdland de hoy, encontramos que el espíritu de innovación y libertad se ha transmutado en una cacofonía vacía de valores, patrocinada por una parroquia que enarbola banderas progresistas sólo para aparentar. Ahora, es el hogar de muchas tesis que celebran la diversidad pero tienen miedo de enfrentarse a cualquier idea que no encaje con su narrativa prediseñada. En otras palabras, se han convertido en el club que más teme la diversidad de pensamiento.
El Mambo Birdland de hoy ha puesto la música de lado en favor de un fervor ideológico que pretende ser inclusivo, siempre y cuando todos estén de acuerdo con lo que se está "incluyendo". Seamos claros, no hay escasez de talento musical; eso sería falso. Hay grandes artistas que tocan aquí y lo hacen de maravilla. Pero lo que falta es el alma que una vez caracterizó este templo del jazz.
Tomemos un respiro para entender lo que esto significa. Si un club como Mambo Birdland no se sostiene con la riqueza de varias perspectivas, entonces, ¿dónde más podrá hacerlo? Hablemos claro, la ideología progresista ha subvertido el lugar para convertirlo en una catedral del pensamiento único. Se ha convertido en un espectáculo de signos de virtud, a base de corrección política. Que dicho sea de paso, cambia constantemente como estaciones del año.
Recordar las noches míticas de Mambo Birdland, cuando Charlie Parker hacía volar a la audiencia con el poder de su saxofón, es como abrir una ventana al pasado donde la libertad de expresión, sin censura, era el último tema en el menú. ¡Un eco lejano en tiempos donde uno no se tenía que disculpar por tener una opinión! ¿Cabe una pizca de duda de que hemos perdido el camino? No lo creo.
Ahora, entrando, uno es testigo de cómo los cantantes y músicos dotados son invitados a expresar su música con restricciones en mente. Talentos innovadores son a menudo relegados al sótano en favor de aquellos que suenan políticamente convenientes, válidos dentro del reino único "aceptable" que el club ha adoptado. Seguramente las notas pueden sonar bien, pero saben a una mezcla prefabricada de conformidad.
Eventualmente, es ineludible hablar del público que asiste a este loco carnaval de la supuesta diversidad. Lo que se muestra no es sino una paradoja de la cultura progre, que predica la paz mientras carga una catapulta lista para disparar a cualquier disidente. Es una ironía irrefutable. Estos consumidores de música han olvidado cómo debatir, cómo disfrutar las diferencias, cómo vivir en armonía en la discordia. Muchos asisten, detestan y finalmente regresan por pura corriente social.
Quizás, inevitablemente, la pregunta real es, ¿por qué no se permite que el jazz, con su rica tapeza de improvisación y voces múltiples, no se manifieste en la composición social del club? La respuesta, aunque pueda sonar dura, gira en torno a que para Mambo Birdland es más fácil nadar con el mismo río poblando el centro cultural de la ciudad. Ese río que no desafía, que no molesta, que no cuestiona. De hecho, es un río que te hace una media de las expectativas que tranquilizan a los más frugales.
Mambo Birdland, para quienes esperaban encontrar algo más que un repetido coro de eco progresista, ha dejado de ser la cuna del jazz. Ahora es nada más que combustible para una maquinaria que poco tiene de bohemia y demasiado de politización. Tal vez en otra era, este lugar recuperará su esencia, algo por lo que, querido lector, vale la pena luchar.