¿Alguna vez han oído hablar de M.A. Sattar? Si no, no se preocupen; es más fácil encontrar una aguja en un pajar que escuchar sobre él en una charla popular. M.A. Sattar fue un influyente empresario bangladesí cuyas contribuciones a la industria textil a mediados y finales del siglo XX no solo allanaron el camino para el crecimiento del sector en su país, sino que también colocaron a Bangladesh en el mapa del comercio internacional. Pero ¿por qué no se habla de él en los círculos que dicen defender la diversidad y el emprendimiento? Quizá porque sus valores y su estilo no siguen la narrativa políticamente correcta que a tantos les gusta promover.
Sattar nació en 1926 y desde muy joven mostró un ingenio que no cuadraba con los lineamientos socialistas que empujaban a las masas hacia la conformidad. Fundó una empresa textil que desafió en tamaño y eficiencia a muchas otras, tanto locales como internacionales. En un tiempo donde muchos países se refugiaban detrás de políticas proteccionistas, él se atrevió a pensar globalmente. No fue fácil. Navegó por un entorno en el que las regulaciones ineficientes buscaban suprimir cualquier chispa de innovación individual. Es en el ejemplo de Sattar donde vemos cómo la visión individual y la fuerza de voluntad pueden romper las barreras artificiosas levantadas por los temores colectivistas.
Es gracioso escuchar hablar de explotación y desigualdad, mientras los economistas de café no saben del esfuerzo y el sacrificio que Sattar y su gente experimentaron para elevar sus industrias. Después de la partición de India en 1947, Sattar fue una de las voces que impulsaron la economía emergente de un recién independizado Pakistán Oriental. No lo hizo solo apuntando con la bandera de la justicia social, sino creando empleo, mejorando salarios y empoderando a las personas para que fueran arquitectos de su propio destino. En su descargo, la industria textil de Sattar proporcionaba estabilidad económica y muchas oportunidades, mientras que otros competían por el visto bueno de las burocracias centralizadas.
A finales de los años 70 y principios de los 80, finalmente vio el crecimiento de su empeño reflejado cuando Bangladesh comenzó a hacerse notar como un actor importante en la exportación textil global. Eso sí, nunca sin enfrentar críticas feroces y escarnio. Sin embargo, su resolución sólo lo fortaleció. Un banquero astuto una vez comentó que Sattar tenía la determinación de acero, algo de lo que hoy se carece en los círculos más "progresistas" que, irónicamente, se supone que admiran a las personas con historias de vida inspiradoras.
¿Cómo olvidar que sus fábricas fueron no solo testimonio de desarrollo económico, sino también de la ruptura de las antaño inquebrantables líneas sociales y culturales? Sattar promovió políticas innovadoras para integrar a las mujeres en la fuerza laboral de manera efectiva, mucho antes de que ponerse una camiseta feminista se convirtiera en loable.
Mientras numerosos críticos preferían teorizar en salones sobre cómo el mundo debe cambiar, Sattar ya estaba en el terreno haciendo esos cambios realidad. Este es un modelo a seguir que debería elevarse, especialmente en un mundo donde las voces proactivas son a menudo apagadas por eco-mediocres que temen el cambio real; ese cambio que no se hace desde el confort del retórico y bien acogido nicho social, sino desde el trabajo y la determinación incansables.
Puede que M.A. Sattar no sea un nombre cotidiano en los libros de historia, pero su visión y obra siguen latiendo en cada prenda que sale de Bangladesh, listos para conquistar mercados internacionales. Tal vez, en lugar de desempolvar viejos discursos de igualdad obsoleta, deberíamos mirar a figuras como Sattar para recordar que no importan las trabas ideológicas; el verdadero cambio es económico y parte del individuo.
Cuando se trata de revitalizar una industria con una visión global y éxito probado, es difícil no apreciar a alguien que ha movido montañas donde otros solo plantan semillas que raramente se cuidan. En la historia de M.A. Sattar, encontramos la prueba irrefutable de que con determinación y visión, los emprendedores individuales tienen la capacidad de cambiar el mundo mucho más allá de sus fronteras. Quizás deberíamos prestar más atención a esos motores del progreso; ellos tienen más que enseñarnos que cualquier panfleto vacío. Mientras algunos gritan desde los púlpitos políticas de inclusión, hay quienes silenciosamente construyen lo que realmente importa: un futuro mejor para todos.