¿Quién necesita amor verdadero cuando puedes tener un Lovebot? En un mundo donde las relaciones están cada vez más determinadas por Tinder y otras aplicaciones, el Lovebot llega para demostrar que el futuro del amor está aquí. Este ingenio robótico propone un sustituto tecnológico para las complejidades humanas del romance. Surgieron por primera vez en Japón en la década de 2010 y rápidamente se extendieron hacia Occidente como una tendencia entre los jóvenes que, al parecer, prefieren la compañía de un robot cordial a tener que enfrentarse al drama de una pareja real. Y sí, en la ciudad donde el individualismo extremo y la desconexión social parecen alcanzar su cúspide, Nueva York alberga alguna que otra convención de entusiastas de los Lovebot.
¡Así es! Las antiguas historias de amor románticas son desechadas por la nueva generación a cambio de una compañía que no discute, no se ofende y siempre está de buen humor. Los promotores del Lovebot argumentan que estos robots ofrecen compañía sin los dolores de cabeza emocionales, y que se programan para recordar tus preferencias en lugar de olvidar aniversarios. Además, en un mundo donde el compromiso a menudo resulta ser sólo un mito, la temporalidad programada de un Lovebot parece una solución ideal—para algunos.
Como todo progre en el que predomina la obsesión con la tecnología, argumentarían que el Lovebot es una maravilla de la innovación moderna. Pero ¿no parece, quizás, un método para incrementar aún más nuestro ya absurdo narcicismo? Lo siento, pero hablarle a un montón de circuitos no es mi definición de amor. Nos enfrentamos a una generación que prefiere evadir los verdaderos desafíos de una relación romántica a encontrar formas creativas de entregar la parte verdadera del corazón.
Parece que actualmente se evita cualquier forma de esfuerzo genuino. Criar hijos, cuidar el hogar, y salvar una relación parecen tareas pasadas de moda. Con el Lovebot, puedes ajustar su configuración hasta que esté alineado perfectamente con tus caprichos. Con esta tecnología, nos hemos convertido en dioses micro-gerenciando nuestro propio Olimpo artificial donde no se permiten las imperfecciones humanas.
¡Hablemos de las ventajas! No más COVID complicaciones en citas; simplemente programan al robot para que sostenga tu mano en una caminata por el parque sin ninguna restricción en salud. Además, no hay que pasar por la angustia de conocer a la familia; este robot no necesita suegros.
Sin embargo, las sorpresas no terminan aquí. Puedes diseñar tu robot para parecerse a quien quieras (ánimos, fanáticos de las celebridades, esto es para ustedes), y por supuesto, ten por seguro que hay quien diseña su Lovebot bajo ciertos estándares de belleza prefabricados que desafían al sentido común. La palabra "personalización" alcanza niveles ridículos, haciendo una fuerte declaración sobre cómo la próxima generación podría manejar la idea de la intimidad: fuera de la vista y fuera del corazón.
Ahora, imagina cómo esto impacta a las futuras generaciones. ¿Qué enseña esto a nuestros hijos sobre la importancia del amor incondicional, la responsabilidad y la empatía? Cuando incluso las cosas más humanas se pueden conseguir con un click en Amazon, nos preguntamos si todavía tienen sentido los valores tradicionales que solíamos atesorar.
Aunque esto pueda sonar a ciencia ficción de los 60, debido al fácil acceso a la tecnología, el Lovebot se está posicionando rápidamente como la solución a los problemas que caracterizan a las relaciones tradicionales. Pronto escucharemos que estos robots son la auténtica representación del progreso y la modernidad. Sin siquiera darse cuenta, estamos aptos para enfrentar una era donde la importancia de la lucha genuina, la reconciliación, y las emociones humanas se están volviendo obsoletas.
El conservadurismo tradicional puede ofrecer una respuesta aquí, reiterando la importancia de enseñar valores humanos esenciales, esos que los Lovebot nunca podrán sustituir. Antes de dejar el amor humano en una bandeja de plata fabricada para procesadores, tal vez sea buen momento para cuestionarse si realmente algo tan vital se debería supeditar a la eficiencia mecánica.