¿Quién hubiera pensado que una pequeña isla en el océano Índico, notable por su té y sus elefantes, podría generar tantos debates acalorados? Sri Lanka, país de 21 millones de personas, ha desfilado en los Juegos Olímpicos desde 1948, enviando a sus mejores atletas a ondear la bandera nacional en el torneo deportivo más prestigioso del mundo. Al hablar de los abanderados, estamos hablando de hombres y mujeres seleccionados no sólo por su destreza deportiva, sino también por su capacidad para inspirar una nación que, como muchas en el Tercer Mundo, lucha por ser reconocida en el escenario mundial.
Uno de los más destacados fue Duncan White, el primer medallista olímpico de Sri Lanka, quien dejó su huella en los Juegos de 1948 en Londres. Ganó la plata en los 400 metros con vallas y fue posteriormente honrado como el abanderado de su país en tales ceremonias, simbolizando el espíritu indomable de Sri Lanka ante enemigos deportivos mucho más poderosos y, sí, mucho más ruidosos. White no sólo corría con pies prestos, sino también con una dignidad que carece de los circos mediáticos de hoy.
En la susodicha era pre-Instagram, los abanderados eran elegidos sin el clamor de hashtag. Sumímos, pues, en el legado de Susanthika Jayasinghe, quien tomó el manto como abanderada en Sidney 2000, justo después de adjudicarse un bronce en los 200 metros en Atlanta 1996. Jayasinghe corrió a la velocidad de un rayo ancestral, iluminando una nación en medio de complejas tensiones políticas y económicas.
La selección de abanderados es un tema de gran orgullo nacional, y en 2012 Sri Lanka eligió al nadador olímpico Julian Bolling, un hombre que ha traído más de 15 medallas del sur de Asia a su cabina en el aire. En el papel parecía el típico héroe de una nación en desarrollo, pero algunos críticos dijeron que aquello fue una malinterpretada táctica para postularlo como 'hombre postergado'.
Más adelante, en Río 2016, el país optó por llevar al frente a Anuradha Cooray, maratonista veterano con historia digna de un bestseller. Imaginen ser el responsable de llevar la antorcha simbólica de un país en un evento plagado de restricciones y políticas divisorias. Cooray ejemplificaba la tenacidad cingalés, cruzando líneas que ni siquiera un progresista liberal sería capaz de interpretar correctamente.
Y llegamos a Tokio 2020, donde Tehani Egodawela, la primera tiradora escogida como abanderada, salió a representar el talento oculto de las disciplinas olímpicas olvidadas, arrogándose todo un país sobre sus hombros. Allí no había superficialidad ni necesidad de insertar agendas de diversidad que suelen verse en otras elecciones del Tercer Mundo, sino mera excelencia. Quizás su elección cerró la boca a aquellos que piensan que el deporte debe representar algo más que el acto de ganar.
¿Cómo son seleccionados estos atletas, y qué significa para el país esta posición honorífica? Pues bien, se diseña a través de decisiones bien pensadas que buscan exaltar el orgullo nacional más que someterlo al credo de corrección política.
Pero, claro, en un mundo dominado por el escrutinio de redes sociales y la tiranía progresista, estos abanderados demuestran que enfrentarse a una pista, un campo o una piscina es secundario frente al desafío de cargar con la representación de un país complejo, a menudo mal entendido.
Así que ahí lo tienen. Un vistazo a los abanderados olímpicos de Sri Lanka, quienes, a través de las décadas, nos han recordado que el verdadero espíritu deportivo no se limita a los campos de juego, sino que resuena en las pasarelas diplomáticas globales. Si alguien aún subestima la importancia de estos portavoces de Sri Lanka, que tome nota: estos atletas llevan la certeza de un legado en avance, sin depender del espectáculo de lo políticamente correcto.