¿Sabías que una obra de teatro escrita en la Antigua Grecia podría estar más en sintonía con nuestros tiempos que muchos discursos actuales? Vamos a hablar de 'Lisístrata', una comedia escrita por Aristófanes, estrenada allá por el 411 a.C., en Atenas, que narra cómo un grupo de mujeres liderado por Lisístrata se alza en una huelga sexual para detener una guerra. Fue una rebelión que hizo temblar a los hombres de aquella época y todavía resuena en nuestros días. Sea lo que sea que crea el "movimiento feminista" moderno, Lisístrata es, sin lugar a dudas, la feminista original. Mientras las feministas de hoy tuitean sobre "micromachismos" y organizan marchas, Lisístrata y sus amigas tenían un plan: nada de ejercicios de moralidad vacía, ellas sabían que había que tocar donde duele.
Aristófanes utilizó su pluma para dibujar un personaje femenino único, y es que Lisístrata no solo era astuta, sino que también estaba dispuesta a utilizar métodos efectivos que quizás algunos encontrarían incómodos hoy en día. Indiscutiblemente, la obra se sitúa en los días oscuros de las guerras del Peloponeso, en los que Atenas se encontraba metida en conflictos interminables que agotaban al pueblo.
Para aquellos que ven la historia desde un prisma ideologizado, puede resultar chocante cómo estas mujeres griegas hicieron uso de su poder femenino para obtener lo que querían. ¿Dónde quedó el hablar de igualdad, el diálogo, eso de que "todos somos iguales"? No. Lisístrata sabía bien que ciertas cartas no están en el mazo del pacifismo y las cartas igualitarias. Estas mujeres usaron su poder, que no era mucho, pero era contundente.
A decir verdad, esta comedia toca varias teclas actuales al abordar la forma en que las mujeres tratan de obtener poder en un mundo controlado por hombres, solo que, a diferencia de algunas tácticas contemporáneas, ellas no pedían cambio, lo exigían con inteligencia y estrategia. Lisístrata y sus compañeras no se limitaron a exigir desde un púlpito o una red social; sus acciones fueron todo menos simbólicas.
Tal vez sea hora de admitir que, políticamente, el griego Aristófanes no fue tan iluso como algunos contemporáneos que proclaman un feminismo teórico y poco práctico. Lisístrata es quizás más conservadora que muchos hoy en día; entendía claramente la estructura del poder y los métodos efectivos para cambiarla. No esperaban educar a los hombres paso a paso. Tenían una táctica, un objetivo claro y lo suficientemente agallas para no ceder.
Cuando las mujeres se tomaron la Acrópolis, no fue en modo protesta para tomarse selfies y luego volver a casa. Era con un propósito. Siguiendo un plan. Y esto es precisamente lo que falta en aquellos que intentan hacer del discurso una acción sin sustancia. Son muchos los ejemplos que demuestran que el bullicio vacío no lleva a ningún cambio significativo.
Pongámonos en los zapatos de quienes vean a Lisístrata como una precursora de la mujer rebelde. La obra cuenta con su dosis de humor, sátira y, sobre todo, ironía, pues hace un llamado a reflexionar sobre las costumbres y las tradiciones en un mundo dominado por hombres. Sin embargo, el mensaje que perdura es claro: para cambiar las reglas de juego se necesita inteligencia, no quejas.
Es interesante ver que, siglos después, algunas personas siguen atrapadas en el juego de la victimización. Pero mientras los tiempos han cambiado, las tácticas para provocar un cambio muchas veces apenas han evolucionado desde la época en que Lisístrata reunió a las mujeres en la plaza. En una sociedad que se inclina a aplaudir a aquellos que gritan más alto, deberíamos recordar que las acciones más silenciosas pueden ser las más efectivas.
Al final del día, Lisístrata nos enseña que el poder puede reclamarse sin recurrir a la retórica vacía. No siempre es fácil aceptar esto. Algunos se sienten cómodos en el confort de la queja mientras ignoran las lecciones del pasado. Quizás sea hora de recuperar un poco de ese sentido práctico de Lisístrata, ese que tanto les cuesta aceptar a algunos.