Cuando se trata de controlar una nación en todos los aspectos imaginables, China ha escrito el libro definitivo. La "Ley de Seguridad Nacional de la República Popular de China" es la expresión máxima de este control. Esta ley, promulgada en julio de 2015 en el mismísimo epicentro del poder chino, busca afianzar la seguridad nacional mediante medidas que abarcan desde la vigilancia tecnológica hasta políticas de defensa. La intención es blindar al país ante cualquier amenaza extranjera o interna, aunque para algunos esto no es más que una excusa elegante para borrar cualquier insinuación de disidencia.
El cómo y por qué de esta ley es sencillo, en realidad: Xi Jinping, el presidente chino, busca perpetuar el gobierno de su Partido Comunista al blindarse contra ideas extranjeras subversivas y cualquier cosa que él pueda considerar peligrosa para la "unidad nacional". La ley declara explícitamente su intención de salvaguardar el régimen socialista, el poder estatal y el desarrollo económico continuo. Al parecer, en China manejar el término "seguridad" implica mucho más que detener amenazas. Su alcance incluye asegurarse de que el ciudadano promedio no se desvíe de lo que se considera comportamiento adecuado, al menos desde el punto de vista del partido gobernante. En pocas palabras, es un cheque en blanco para que el Estado controle cada aspecto de la vida ciudadana.
Las medidas incluidas en esta ley van desde lo aparentemente lógico, como proteger infraestructuras críticas, hasta lo inevitablemente orwelliano. La ley se ocupa de la vigilancia de Internet, el control de la información y la necesidad de prevenir lo que se considera un riesgo para el orden económico, social, político y militar. ¿Quién es el juez de lo que cuenta como riesgo? Pues el mismo gobierno que decidió que la información libre es más peligrosa que una pandemia sin control.
Se dice que el diablo está en los detalles, y este caso no es la excepción. Algunos de los puntos más polémicos de la Ley de Seguridad Nacional incluyen la ambigüedad con la que se definen "amenazas". La vaga redacción con las que se precisan las "actividades que pongan en peligro el poder político" permite una interpretación libre que, en la práctica, significa que cualquier voz crítica puede ser silenciada a placer. A diario se observan detenciones y censuras en los medios de comunicación, tanto nacionales como globales, todo en un esfuerzo por mantener el status quo del poder absoluto.
De forma irónica, el gobierno inyecta miedo mientras aboga por la "confianza". Pero, confianza ¿en qué? En un sistema que se asegura quedar más allá del juicio y la crítica. Resulta que la libertad de pensamiento y la autonomía personal son intrínsecas y no algo que deba ser regulado hasta la extinción. Entre sus capítulos, también figuran medidas para controlar estrategias en competencia económica global, empezando por tecnológicas y terminando en recursos básicos; un mapa completo para la hegemonía del mercado mundial.
A los adversos a esta política les gusta señalar que el control no termina en las fronteras de China. Al expandir constantemente su influencia a través de iniciativas como la "Nueva Ruta de la Seda", el dragón asiático impone de manera sutil e insidiosa su legislación, dejando claro que no se limita a sus ciudadanos. Todo aquel que intente hacer negocios o ejercicio de cualquier tipo de influencia en China debe pasar por el aro de la seguridad nacional, redefinida al capricho del partido para ajustarse a sus prioridades en cualquier momento.
Fundamentalmente, esta ley es un movimiento de ajedrez político destinado a reforzar y proyectar el poder del gobierno actual. La conveniencia de ver al mundo desde una perspectiva sospechosamente torcida permite a China dictar cómo debe ser la realidad. Aunque otros países intentan condenar o al menos cuestionar estas tácticas, China sigue prácticamente incólume, aferrada a su discurso de soberanía y orden nacional. Mientras para algunos esta ley representa patriotismo y protección de intereses nacionales, es imposible ignorar el tufo autoritario que emana.
En lo que respecta a nuestras queridas almas progresistas, esto es gasolina pura. Aullarán sobre ética y derechos universales mientras miran al otro lado de lo que realmente ocurre: un país que se defiende con dientes y uñas de la intromisión extranjera, aunque en el proceso masacre la libertad individual. Así que si bien el mundo sigue girando, para los millones bajo el sistema chino, el horizonte es fijo, la narrativa controlada, y la realidad manipulada bajo el manto de la "seguridad nacional". No se equivoquen, aun bajo justificaciones razonables, un libro creado para gobernar a placer.