¿Quién dijo que las historias de terror tenían que ser serias? Lavanda y Encaje Viejo demuestra que el terror y el humor pueden combinarse de manera exuberante, lo que molesta a más de un espectador politicamente correcto, que insisten en buscar profundos mensajes políticos en cada rincón del cine. Esta película chilena fue estrenada en 2021 y dirigida por la hábil mano de Eliana Gatica, en la intrigante Valdivia, Chile, una ciudad que se transforma en el mismísimo escenario de un humor macabro y nostálgico.
La cinta gira en torno a unos excéntricos personajes que se ven enredados en situaciones misteriosas e irónicas, muy alejadas de las narrativas adoctrinadas que algunas audiencias podrían esperar. Es refrescante encontrar una obra que no te sermonea ni te lanza propaganda disfrazada de diálogos. Aquí las mofas sobre el amor, la muerte y la ironía de la vida nos mantienen enganchados y ríen de las nimiedades de una manera magnífica.
Primero, lo fascinante del elenco es lo que realmente nos atrapa a todos. Con actuaciones brillantes de Camila Milán, Pedro Vargas y otros actores de calibre, la película respira vida en personajes que, aunque retenidos en el campo del surrealismo, reflejan de manera satírica comportamientos humanos verdaderamente reconocibles. La obra no asume que necesita reiterar un mensaje progresista para ser valiosa; simplemente es entretenida y fresca, algo que es casi revolucionario en estos tiempos.
En lo que respecta a la producción y estética, Gatica nos ofrece una paleta visual que dialoga con la misma Valdivia. Una ciudad de nostalgia y leyendas urbanas, complementa perfectamente la narrativa ahí desarrollada. Entre escenarios góticos, música que parece un extraño pero sorprendentemente efectivo baile entre el tango y el jazz, y un vestuario meticulosamente diseñado, se nos presenta un mundo que, aunque caricaturesco, es convincente.
Por otra parte, la originalidad es fundamental en Lavanda y Encaje Viejo. No hace falta un análisis profundo para darse cuenta de que los giros de la trama proponen una nueva forma de comprender el terror. En lugar de una carga emocional permanente, aquí el énfasis está en la ligereza, en intrincados juegos de palabras y bromas sutiles que coquetean con el humor negro sin cruzar las líneas de lo grotesco. Es esta combinación la que les resulta tan irritante a algunos.
Esta distinción en el tono también se traduce en la dirección de la película. Gatica ofrece una obra casi teatral en sus diálogos, que desafían la corrección política de modos audaces. Sin temor a atreverse a ir contra el grano, nos entrega escenas que son visualmente espectaculares pero sin apartarse del contexto, ignorando el ruido de quienes siempre prefieren adoctrinar.
La importancia del simbolismo no se pierde aquí tampoco. Es imposible ignorar la elección de ciertas características asociadas con las emociones humanas, representadas magistralmente con el uso del color y la iluminación. Al hacerlo, Gatica nos lleva de paseo por el espiral de la vida a través de las más contrastantes emociones: la risa y el miedo.
Otro aspecto brillante de Lavanda y Encaje Viejo es su evocación de una época que algunos prefieren reprimir. El guion juega con la idea de recuperar esos elementos de la cultura popular del siglo XX que todavía hoy resuenan. Ofrece un festín visual y auditivo, explorando elementos clasicos y modernos de una manera que es irreverente e indomable.
Y es que, al final, lo que hace grande a esta película es precisamente su capacidad para ser diferente. Algunos podrían pensar que una obra como esta no es necesaria en nuevos tiempos de complejidad política, pero precisamente por eso es relevante. Con fibra y mucho encanto, Lavanda y Encaje Viejo no pide disculpas por no inclinarse ante la audiencia que busca ser mecanizada, sino que celebra el placer del entretenimiento puro.