Cuando el Anarquismo Suena Hueco: Lo Que Las Colectivas Ignoran

Cuando el Anarquismo Suena Hueco: Lo Que Las Colectivas Ignoran

¿Qué sucede cuando el emblema del anarquismo se propaga ignorando la realidad? Así surgen las Colectivas Anarquistas, promoviendo un mundo sin gobierno y sus caóticas fantasías.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¿Qué sucede cuando un grupo de personas decide que las reglas no son para ellos? Así surgen las Colectivas Anarquistas: individuos que disfrutan del emblema del anarquismo mientras ignoran la realidad que los rodea. Estas colectivas han estado floreciendo desde hace algunos años en distintos rincones del mundo, promoviendo un mundo sin jerarquías ni gobernantes. Les escuchamos hablar de libertad absoluta —una fantasía donde cada quien hace lo que se le antoja— sin pensar un segundo en las verdaderas implicaciones de sus deseos.

En el crisol de ideas que emergen de estas colectivas, se defiende, no sin problemas, la ausencia de gobiernos. Desde espacios comunitarios a cooperativas, la idea de un mundo sin autoridad es preconizada como el máximo ideal. Estas agrupaciones operan desde Madrid hasta Buenos Aires, propagando un sueño que solo tiene lugar en la ficción. Se les olvida que la fantasía de un mundo sin reglas fácilmente se convierte en un caos total muy difícil de manejar. Las ciudades capitalistas, por otro lado, parecen gestionar muy bien con estados anclados en el orden y la ley.

Las Colectivas Anarquistas hablan mucho de una 'sociedad justa'. Imaginan un mundo colaborativo, donde todos son iguales en recursos y derechos. Pero esta narrativa asume que los seres humanos son inherentemente cooperativos. La historia nos dice que los humanos no tienden a auto-gobernarse efectivamente sin un sistema que instituyera normas y consecuencias. Simplemente, no todo el mundo tiene la ética de un monje tibetano.

En las Colectivas Anarquistas, vemos una idealización romántica del caos. La esencia del anarquismo radica en un rechazo a la autoridad, basado en un optimismo ciego respecto a la naturaleza humana. Seamos realistas: en ningún rincón del mundo un sistema anárquico se ha probado como funcional a largo plazo. Los ejemplos históricos de anarquismo, desde la Comuna de París hasta la Guerra Civil Española, finalmente sucumbieron al orden y al control. Ya lo decía Nietzsche, el 'orden' es el aliado de la civilización.

De alguna forma, parece que estas colectivas olfatean el perfume romántico de las ideas radicales, sin preocuparse mucho por el tsunami de problemas que traen consigo. Vemos manifestaciones donde su lema es claro: 'ni dioses, ni amos'. Sin embargo, este grito de batalla no ofrece respuestas. ¿Cómo garantiza una sociedad bajo el modelo anarquista la seguridad, la educación o incluso la justicia? Entre una charla trasnochada en centros culturales o en la acampada de los indignados, pocos parecen tener una respuesta clara. Eso sí, mucha palabra vacía acompañada de música protesta.

Irónicamente, en muchas colectivas anarquistas encontramos líderes que dicen ser anti-liderazgo. Resulta interesante observar cómo el instinto humano de liderazgo natural resurge incluso en un entorno que teóricamente debería exterminarlo. Ah, las paradojas del anarquismo. En el momento que una decisión necesita ser tomada, surge alguien dispuesto a dirigir la orquesta. Como dice el refrán popular, 'dime de qué presumes y te diré de qué careces'.

La economía en estas colectivas anarquistas sorprende a menudo tanto como desconcierta. Proponen eliminar el sistema económico tradicional, en ocasiones recurriendo al trueque. Esta propuesta suena interesante si estuviéramos en el siglo XVIII, pero en el contexto de una sociedad globalizada del siglo XXI, es simplemente irrealista. En un mundo sin instituciones económicas fuertes, las crisis económicas serían constantes, y la pobreza rampante.

Los anarquistas de las colectivas se olvidan que el progreso y la innovación surgen frecuentemente de estructuras jerárquicas que facilitan la competencia y la estructura. La democracia, con todos sus defectos, sobrevive gracias a un sistema donde la opinión individual es importante, pero también lo son el orden y las reglas. Sin esos principios fundamentales, la anarquía no puede garantizar ni siquiera las libertades que tanto pregonan.

Algo que muchos intentan ignorar o maquillar, porque las palabras son gratis, son las implicaciones de vivir en una sociedad anárquica. Fallan en reconocer la inmensa cantidad de problemas que la ausencia de autoridad podría acarrear. Siempre habrá quien alabe la idea del caos controlado, pero la realidad es otra cosa. Las necesidades humanas no se gestionan solas y siempre requerirán de un sistema que las haga efectivas. Civismo y orden van siempre de la mano de sociedades prósperas, no así el caos promovido por unas ideas anarquistas poco realistas.

Las Colectivas Anarquistas han logrado obtener seguidores fieles, especialmente entre los más jóvenes. Sin embargo, una promoción ciega de estas ideas aboca a un terreno peligroso de anacronismo ideológico. Soñar es gratis y soñar con un mundo sin reglas es más barato aún. Mientras tanto, las naciones continúan operando con sus estructuras democráticas imperfectas pero efectivos: porque los problemas reales son más complejos que cualquier utopía de cartón piedra.