Cuando una novela pone a prueba los límites de nuestra comprensión histórica, está claro que encontramos algo más que entretenimiento en sus páginas. 'Las Benevolentes', de Jonathan Littell, es una de estas historias. Publicada en 2006, esta novela nos lleva a través del viaje de Maximilien Aue, un oficial de las SS, durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque el autor nos invita a caminar en los zapatos de un personaje complejo y moralmente ambivalente, uno no puede evitar cuestionar la motivación de aquellos que aplauden tal enfoque.
Por un lado, tenemos una precisión histórica impresionante. Littell, cuyo trasfondo incluye una crianza multicultural y una sólida formación académica, no escatimó esfuerzos en representar fielmente el horror sistemático que Aue y sus iguales llevaron a cabo. Describe sin tapujos cómo las decisiones burocráticas exacerban el mal. Pero, quizás, esta minuciosidad no es tanto un acto benevolente de ilustración como un esfuerzo por sacudirnos hacia la trivialización de los actos indescriptibles del pasado.
El autor ganó tanto elogios como críticas por su obra, logrando el ambicioso premio Goncourt. Sin embargo, la objetividad debería obligarnos a cuestionar hasta qué punto Lilttell se regocija en su habilidad para embellecer una narrativa desde el punto de vista de un perpetrador de genocidio. "¿Es acaso Maximilien Aue un producto de su tiempo o simplemente un peón de una máquina malvada?" Esta pregunta parece algo más que un ejercicio académico. Responderla con la perfidia de un análisis estrictamente moral podría pasar por alto los peligros de humanizar excesivamente a figuras responsables de las brutales acciones de la historia.
El historiador convertido en novelista ofrece a sus lectores una ventana al pasado que busca una comprensión más profunda de quienes 'simplemente seguían órdenes'. No obstante, las implicaciones de este enfoque parece ser un intento de racionalizar la barbarie bajo una capa de humanidad. Mientras muchos alaban esta técnica como una genialidad literaria, a los críticos conservadores nos preocupa que tales intentos de comprensión arruinen los firmes valores históricos por los que luchamos.
Resulta evidente que Littell buscaba una reacción emocional cruda y visceral. Desentraña el legado de crímenes a través de los ojos de un hombre que personifica la dicotomía entre el deber militar y la moralidad personal. Aunque algunos encuentros en la novela rozan lo grotesco, somos testigos de la sensibilidad con la que el autor disecciona la psicología del perpetrador. Quizás sea por este motivo que tantas personas liberalmente inclinadas se sienten atraídas al análisis de este tipo de personajes.
La meta de Littell pudo haber sido exponer lo monstruoso en lo mundano, pero el camino que elige para hacerlo es problemáticamente indulgente hacia el perpetrador. Tal metodología no solo corre el riesgo de mitigar la percepción del mal puro, sino que también puede diluir la responsabilidad individual en favor de un entendimiento, que en última instancia, puede bastardeizar el sufrimiento de las víctimas.
Las Benevolentes no es una lectura ligera ni reconfortante, y ofrece una prueba para el público. Provoca que nos enfrentemos a preguntas incómodas sobre responsabilidad y libre albedrío en el contexto de atrocidades masivas. Littell nos arroja nada menos que un espejo para examinar no sólo el rostro de Aue, sino nuestra propia percepción de la historia e incluso, de nuestra modernidad.
Jonathan Littell se instaló en Francia desde una edad temprana después de haber nacido en los Estados Unidos. Tal trasfondo posiblemente influyó en su percepción y el enfoque narrativo fuera de los habituales cánones americanocéntricos. Sin embargo, más allá de las fronteras geográficas, la naturaleza transgresora del libro no se ve diluida, revelando su estilo atrevidamente controversial al lidiar con elementos perturbadores de una época oscura.
'Las Benevolentes' deja a los lectores tambaleándose sobre el precipicio moral. Un ejercicio cuestionable que, aunque fascinante, aún nos interroga sobre la necesidad de tal viaje. Hasta qué punto debemos experimentar la psique del ejecutor antes de convertirnos en meros consumidores del horror. Littell, en aparente benevolencia, nos ha dado una novela que levanta el velo de la moralidad, pero ¿en qué medida también está levantando los límites de lo moralmente permisible?