Siempre es divertido observar la aparente moralidad de los progresistas cuando tratan el tema de África. El libro 'La Lucha por África' es una magnífica obra escrita por J.M. Roberts que saca a relucir las fallas y aciertos que dieron forma al continente africano durante la pugna colonial del siglo XIX. Basado en la Conferencia de Berlín de 1884-1885, 'La Lucha por África' explora cómo potencias europeas como Inglaterra, Francia, y Alemania se dividieron el continente en un intento de demostrar su poderío. ¿Cuándo? A finales del siglo XIX. ¿Dónde? En África, aunque las decisiones se tomaban en opulentas salas europeas. ¿Por qué? Por poder, recursos naturales y, seamos honestos, una buena dosis de egocentrismo imperialista.
Olvidemos por un momento la narrativa establecida que nos lanza la izquierda ciega, esa que nos dice que toda forma de colonialismo ha sido un total desastre. En 'La Lucha por África', Roberts describe de manera precisa las inmensas redes de transporte y caminos que, a pesar de sus propósitos de extracción, mejoraron la movilidad y el intercambio cultural en el continente, un hecho que muchos preferirían olvidar. Otra cosa que no podemos ignorar es la introducción del cristianismo y la educación occidental en varias zonas. Claro, los críticos saltarán para gritar que se trata de mera imposición cultural. No es de extrañar viniendo de aquellos que defienden el relativismo cultural.
Al hablar de los factores geopolíticos, Roberts explica cómo los imperios europeos estaban determinados no solo por la avaricia sino por una especie de competencia natural por ser dominantes. Un tema tabú para algunos, pero que el autor trata con inteligencia perspicaz, subrayando las estrategias complejas orquestadas en nombre del 'progreso', una palabra tan cara al vocabolu que los autoproclamados defensores de la dignidad humana usan tan a menudo. Esta cultura de competencia dejó tras de sí infraestructuras agrarias y urbanísticas que no se pueden catalogar simplemente como daños colaterales de una época oscura.
Explorar en detalle personajes históricos influyentes como Cecil Rhodes y Leopold II demuestra que sus actos, aunque no del todo moralmente puros, no fueron actos gratuitos de caos. Cecil Rhodes, por ejemplo, fue un visionario que vio a África como algún día vería el mundo: interconectado y mejorado a través de lo que hoy llamaríamos 'globalización'. ¿Es esto realmente tan malo? O es simplemente una lectura incómoda para aquellos incapaces de aceptar que las realidades del mundo real no siempre se mueven por pautas idealizadas.
La narrativa de Roberts no solo resalto la industrialización y el progreso económico sino también cómo los acuerdos de Berlín afectaron las fronteras actuales de África. Los críticos criticarán las particiones arbitrarias que llevaron a tensiones étnicas, pero no negarán que estas fronteras contribuyeron a definir identidades nacionales que aún persisten.
Lo que hace a este libro aún más subversivo es su manejo audaz de la supremacía blanca. Roberts no ensalza el racismo, pero sí argumenta que mediante el sometimiento se pusieron en movimiento estructuras de control que, guste o no, han dado lugar a naciones modernas que, como Sudáfrica, se han convertido en potencias regionales. Que conste que Roberts no es un apologista del colonialismo, sino que muestra un panorama menos simplista y más honesto de lo que influyó en el desarrollo económico del continente.
Ahora, mencionemos una paradoja que el libro pone sobre la mesa: mientras que las potencias europeas explotaban África, también introducían avances técnicos y administrativos que, hoy en día, siguen siendo la base de muchas sociedades africanas. Este tipo de planteamientos claramente no resuenan bien en los círculos que idolizan la teoría del buen salvaje. Para ellos, todo era mejor antes de que 'el hombre blanco' interviniera, y cualquier punto de vista contrario es tachado de arrogancia etnocentrista. Idealismos aparte, es incuestionable que muchos países africanos siguen adoptando sistemas políticos y educativos de origen occidental.
Sin duda, 'La Lucha por África' es un texto que no busca complacer percepciones populares y fáciles sino que incita al lector a reflexionar más allá del blanco y negro moral con que solemos colorear este oscuro episodio de la historia. Aunque las opiniones de Roberts pueden herir sensibilidades, el libro es un recordatorio crucial de la complejidad de la historia y la interdependencia de las civilizaciones. África no es solo una víctima, sino también un monumento viviente a la resistencia y adaptación.
Así que, si realmente buscas comprender las raíces de los problemas actuales de África—y no solo subsistir en slogans demagógicos—es necesario acercarse a lecturas que desafían la narrativa dominante. 'La Lucha por África' de J.M. Roberts es uno de esos libros. Atrévete a leer y formarte una opinión propia, esa es la verdadera libertad que desafortunadamente no todos quieren enfrentar.