¿Alguna vez has visto una película y te has preguntado por qué el sentido común se fue por el desagüe? "La Forma de las Cosas que Vendrán", una película que nace en 1936, parece tener un relato que se adelanta a su tiempo con su drama distópico. Fue dirigida por William Cameron Menzies, quien realmente sabía crear una polémica. Basada en la obra de H.G. Wells, este film da un salto hacia el futuro y plantea décadas de transformación social después de una guerra global devastadora. El escenario es un mundo futurista en ruinas, y la película fue tan audaz que, incluso hoy, sus mensajes pueden resultar incómodos. Porque, digámoslo claro, a veces parece imposible hablar de progreso sin perder de vista lo que realmente importa.
Primero, tenemos que hablar del elefante en la sala: la visión casi profética de Wells. La historia comienza en una ciudad ficticia, donde se puede sentir la tensión de una inminente guerra mundial. Al poco tiempo, el conflicto arrasa con la civilización, y lo que sigue es un camino de reconstrucción liderado por un pequeño grupo de pensadores progresistas que da nueva forma al mundo. Justo cuando el mundo está atrapado en el caos, aparece un líder enigmatic, John Cabal, interpretado por Raymond Massey. Es la figura del "sabelotodo" incansable que siempre tiene algo entre ceja y ceja: el supuesto progreso. ¿No es curiosa la obsesión de algunos por hacer avanzar al mundo mientras olvidan nuestras raíces?
Pasemos de inmediato al estilo visual, porque no se puede ignorar la inyección de imaginación. Dicen que es un clásico de la ciencia ficción, pero, admitámoslo, 1936 fue un año diferente, y la creatividad tenía menos filtros de lo que nos gusta hoy. Las imágenes en blanco y negro, futuristas pero aterradoras, dibujan una realidad inalcanzable desde entonces. Sí, los efectos visuales en lugar de CGI demuestran que el arte tenía un toque humano, y eso es algo que hoy parece tan olvidado. La torre de cristal y el progreso están en el centro, pero lo más interesante es cómo se presenta la dicotomía entre el progreso y el retorno a los valores tradicionales.
El mensaje de la película es tan relevante como polémico. La gran pregunta que hace la cinta es si el progreso es realmente el camino hacia un paraíso utópico o solo una ilusión. Esta interrogante ha trascendido las décadas, recordándonos que el deseo de cambio a menudo viene acompañado de una peligrosa falta de perspectiva sobre la herencia del pasado. Mientras los personajes recitan sus fervientes discursos pro-ciencia e innovación, uno se pregunta si no sería mejor regresar a lo que funciona, en lugar de intentar crear un mundo a la imagen de soñadores que claramente no ven más allá de lo que les muestran sus deseos futuristas.
Claro, la trama es un ejemplo de cómo el deseo de controlar el futuro puede ser una trampa para los propios impulsores del avance. ¿Cuántas veces hemos visto que detrás de un discurso idealista se esconde un nuevo tipo de tiranía? En "La Forma de las Cosas que Vendrán", el intento de reconstruir un mundo nuevo, diseñado desde cero y basado únicamente en la razón, ignora esa parte esencial de la realidad que es el respeto por la diversidad de opiniones, una ironía que muchos progresistas de hoy parecen olvidar.
Con cada personaje, cada escena, se abre una ventana a la reflexión sobre nuestra realidad actual. Cuando se habla del control de la tecnología, uno no puede evitar pensar en los gigantes tecnológicos de hoy, que han construido sus propios imperios en nombre del progreso, olvidando el bien común. La película prefigura un mundo donde la tecnología y la ciencia, promovidas como la solución a todos los males, terminan subyugando el pensamiento crítico y la libertad individual. Y mientras algunos celebran estos sistemas cerrados como prueba de la ilustración, cabe preguntarse quién realmente se beneficia de este horizonte de modernización.
La película nos invita insistentemente a cuestionarnos si los sueños de grandeza, de un mundo que deje atrás el rastro de cultura y tradición, son realmente una promesa de grandes cosas o un intento deliberado de hacer que olvidemos quiénes somos. Porque, como bien hace eco "La Forma de las Cosas que Vendrán", en un intento de avance sin más, muchas veces se olvida la esencia humana que conecta el pasado con el futuro.
¿Y qué decir del papel de la guerra? Pues bien, si algo ha demostrado el tiempo es que la historia se repite. La búsqueda de una élite iluminada que orquesta el destino humano desde las alturas, ajena a las voces del pueblo, es una narrativa que no necesita actualizaciones. Los eventos en esta película, con todo y lo distópico que podrían parecer, son una advertencia sobre lo fácil que es dejar que las ideas grandilocuentes nos empujen hacia el abismo.
Así que ahí lo tienen, "La Forma de las Cosas que Vendrán" no es solo una advertencia de los peligros del materialismo absoluto. Es un recordatorio de que el futuro debe estar siempre al servicio de valores que trascienden una mera obsesión con lo nuevo. Piénsenlo por un momento: el afán por el progreso, sin reflexión y sin crítica, podría resultar más decepcionante que alentador.