Hoy, como nunca antes, la sociedad ha sido invadida por una narrativa engañosa: el cuento de hadas del amor eterno e incondicional. Nos dijeron una y otra vez quién era el amor verdadero, qué debía ser y cómo debía sentirse. ¿Pero quiénes decidieron todo esto?, ¿qué valores se promovieron, desde cuándo y por qué motivos? Pues bien, los adeptos de las ideologías infladas, aquellos que prefieren cuentos a los hechos, han sido los culpables de escribir esta comedia sentimental mientras pretenden que vivamos en ella.
El amor, en su esencia, es una emoción poderosa, pero su interpretación moderna ha sido moldeada de forma tal que se adapta al capricho de quienes desean controlarnos. No hay problema si piensas que el amor es ciego, irracional o libre de condiciones. Los medios, las películas, los poetas malinterpretados: todos ellos nutren la idea de que el amor es una fuerza que lo soporta todo. ¿Por qué no decirlo? Es casi un negocio donde unos pocos se benefician mientras que el grueso de la gente vive persiguiendo ilusiones; ilusiones, que a menudo, les llevan al fracaso emocional.
Este romance desenfrenado y ciego que se vende en tantas novelas y películas no es más que una manipulación de la realidad. La honestidad no tiene valor, y cualquier signo de racionalidad es tildado como frialdad. Se fomentan emociones descontroladas, esas mismas emociones que nublan el juicio y te hacen caer en compromisos sin cabeza. Aplaudimos relaciones ilógicas y dejamos que el influjo de las mariposas en el estómago decida por nosotros. Y para cuando la cortina del enamoramiento cae, la brutalidad del verdadero compromiso queda expuesta y el desencanto florece.
El amor propio, uno de los pilares que nos debería sostener, se ve asaltado. Mulitudes han aprendido a amar ilusamente, olvidando, en esta farsa interminable, que el genuino respeto empieza en uno mismo. ¿Por qué se valora tanto darlo todo al otro, incluso más de lo que nos queda para nosotros mismos? Pues el espectáculo debe continuar, y quienes diseñan este teatro saben que, si haces feliz al otro, el tren de las emociones se mantendrá en marcha. El sacrificio se malinterpreta como devoción, y ahí tenemos, otra vez, el culto a la dependencia.
Pero no nos olvidemos de una consecuencia trágica de esta comedia emocional: los matrimonios. Lo que alguna vez fue un compromiso sagrado y duradero, se convierte ahora en una trivialidad destinada a disolverse por nimiedades. Es una tragicomedia ver cómo se rompen familias por desavenencias sencillas mientras una generación crece confundida entre valores difusos. El 'hasta que la muerte nos separe' se ha tornado en 'hasta que deje de ser conveniente'.
Ah, pero existe también una elite que se beneficia de este caos. Los terapeutas en sus consultas, brindando consejería a parejas disfuncionales, o aquellos que han establecido un mercado alrededor del amor moderno: bodas exorbitantes, flores carísimas y joyas imposibles, todos cobrando porque esta ilusión continúe. Ante este panorama, ¿quién se atreve a señalar que al desmitificar el amor quizás más personas estén más satisfechas y menos atrapadas en una telaraña emocional sin fin?
Coloquémonos del lado de la realidad. El amor es un trabajo diario, no un idilio mágico que ocurre naturalmente. Es una asociación consciente, que debe ser vigilada y nutrida, no papeles de colores blandos que flotan en el aire como payasos de circo para entretenernos. Cuanto más pronto dejemos de bailar al son de la orquesta social, más fácil será entender que tranquilidad no significa ausencia de amor, y que la razón puede ser el camino más acertado hacia una vida feliz. Basta ya de perpetuar mentiras equiparadas a esta farsa sentimental que tan solo alimenta disfuncionalidades.
A fin de cuentas, lo que tenemos que revalorar es nuestra habilidad innata de decidir, de amar con inteligencia y no con imposiciones que otros formularon para que las sigamos ciegamente. Que no seamos marionetas de lo que otros quieren que sea 'amor', y exploremos cómo podemos cultivar relaciones auténticas y no pantomimas. Recordemos que un conservadurismo honesto, que respeta el mito del compromiso verdaderamente arraigado, puede ser el puente a una estabilidad emocional más auténtica.