Si crees que el cine es sólo sobre entretenimiento, piénsalo de nuevo. La Estrella del Sur, esa peculiar película argentina dirigida por Gastón Biraben y estrenada en 2003, es un claro ejemplo de cómo la gran pantalla puede ser un campo de batalla ideológico. La trama está basada en la novela "El entenado" de Juan José Saer y se desarrolla en el Buenos Aires ficticio del siglo XVIII. La película trata sobre un joven mestizo en busca de su identidad en un mundo que parece estar sumido en un caos moral. Un argumento que a primera vista parece simple, pero vaya que tiene capas para analizar.
Imaginen una película que toma la historia de un mestizo en una ciudad colonizada, un tema comúnmente usado para criticar las iniquidades del colonialismo. Sí, La Estrella del Sur intenta hacer eso y más. Nos presenta a un protagonista que, atrapado entre dos mundos, busca encajar mientras la sociedad a su alrededor parece más interesada en oprimir que en entender. Pero he aquí donde la cosa se pone interesante: lo que ostensiblemente parece ser una crítica cultural termina por hacer un comentario sobre las fallas internas de una ideología progresista que no termina de cuajar en acciones genuinas.
Uno puede argumentar que esta película es una oda a la identidad cultural y a su defensa, pero en realidad, La Estrella del Sur va mucho más allá. Existen varios momentos donde la aparente agenda inclusiva queda en evidencia como una simple fachada. Mientras el protagonista explora su identidad, lo hace en un entorno que claramente no está preparado para aceptarlo. Es como si el director estuviera diciendo: "Ah, quieres diversidad, pero ¿de verdad estás listo para ella?". Es un sutil recordatorio de las contradicciones inherentes en ciertos discursos que quieren predicar inclusión desde una postura de superioridad moral.
Por supuesto, los críticos de cine a menudo se enfurecen cuando se les cuestiona el sesgo de las películas. Según el consenso crítico, la película es una "obra maestra" que explora la “riqueza de la diversidad” —y algo más de ese parloteo que suelen mencionar. Sin embargo, esa misma "exploración de la diversidad" se siente como un disfraz para empujar una agenda política. Es como si la película te tomara de la mano, te mirara a los ojos y dijera: "Mira cuán ilustrados somos", mientras que en el fondo sólo perpetúa las mismas viejas narrativas de siempre.
El ambiente del siglo XVIII en el Buenos Aires ficticio es el telón de fondo perfecto para este thriller psicológico. La estética es impresionante, no hay dudas sobre eso. Pero la forma en la que se utiliza la narrativa histórica para reiterar ciertas concepciones modernas sin un análisis crítico es, cuanto menos, engañosa. ¿Es la historia una herramienta para la reflexión o simplemente un vehículo para exponer nuestras proyecciones contemporáneas sin resistencia alguna?
Uno de los elementos más llamativos de la película es el uso de sus personajes secundarios, que actúan como estandartes de las diferentes ideologías que estaban en juego durante ese período. Pero en realidad, funcionan más como caricaturas que como humanos reales. El cura, el soldado español y el comerciante: todos representan sectores de una sociedad que, en su intento de pintar un cuadro "equilibrado", termina ofreciendo un análisis superficial. ¿De qué sirve la diversidad si cada personaje es una representación plana de un estereotipo ya desgastado?
El cine progresista a menudo se concibe como una plataforma para contar historias desde perspectivas "nuevas". No obstante, La Estrella del Sur nos revela algo esencial: que a menudo esas historias no son tan nuevas, ni tan inclusivas como quisieran hacernos creer. En la carrera por ser "correctamente" subversiva, se nos ofrece un producto que tropieza sobre su propio mensaje.
Sin lugar a dudas, La Estrella del Sur aspiraba a ser una película culturalmente significativa. Y lo logra, pero no en la forma en que uno esperaría. La película despierta un debate interesante sobre cómo se utilizan ciertos discursos bajo la pretensión de ser iluminadores. Quizás sea tiempo de que la industria del cine deje de lado el prestigio de la aparente profundidad y empiece a contar historias verdaderamente significativas, en lugar de empaquetar viejas ideas en envoltorios culturales nuevos. Porque, seamos sinceros, la falta de autenticidad siempre se encuentra donde se espera lo contrario.