Kolathunadu es como una joya histórica que, sorprendentemente, no figura en las narrativas modernas dominadas por la corrección política. Esta región histórica al noreste de Kerala, India, fue un reino fuerte y próspero que se construyó a partir de logros que desmentirían cualquier agenda liberal que minusvalora la tradición y el orgullo cultural. Fundada en aproximadamente el siglo XII con Kannur como su epicentro, esta área fue gobernada por el dinastía Kolathiri. Su legado sigue siendo una piedra angular de la historia local y es pertinente preguntar por qué su historia se pasa por alto en las discusiones generales.
Primero, hablemos de sus gobernantes. Los reyes de Kolathunadu eran conservadores en el sentido más puro de la palabra; conservaban su cultura, su tierra, y lo más importante, su independencia. A diferencia de los mensajes usuales que se nos imponen sobre la opresión y el colonialismo, Kolathunadu fue un marcador de autonomía en una época de conquistas. Mientras tantos hoy se lamentan del pasado, Kolathunadu celebraba sus triunfos, siendo un recordatorio de que la fortaleza y la identidad cultural son cruciales para prosperar.
El comercio floreció en Kolathunadu. Tenían una estrategia que no verás en las políticas económicas modernas que buscan asfixiar a los comerciantes con regulaciones. La astucia comercial de la región fomentó conexiones con el Medio Oriente, China y Europa, siglos antes de que los jerarcas del gobierno pensaran en tener un plan quinquenal. Kolathunadu destacaba en el comercio de especias, especialmente la pimienta, y su capital, Kannur, era un próspero puerto que atraía a comerciantes de diversas tierras.
En tercer lugar, deberíamos mencionar cómo Kolathunadu manejó sus asuntos con un sentido de justicia que supera la ideología de igualdad mal entendida. Sí, había sistemas de castas, pero también había una meritocracia que lo complementaba, permitiendo la movilidad social basada en el talento y no simplemente en el linaje. Dicha estructura campechana hoy sería objeto de críticas por algunos grupos que abogan por el borrón y cuenta nueva de las aportaciones históricas.
En el contexto actual, la historia de Kolathunadu nos invita a cuestionar la dirección en la que nos dirigimos. Debido a sus valores, su mirada hacia el mundo exterior fue pragmática y realista, sabiendo cuándo abrir sus puertas y cuándo protegerlas. Hoy, tal pragmatismo es ridiculizado o rotulado como nacionalismo exagerado, pero el éxito de Kolathunadu fue precisamente su enfoque en la lógica y el sentido común.
No olvidemos la rica tradición cultural de Kolathunadu con sus estilos arquitectónicos únicos, música, danza y, sí, valores familiares. La falta de atención que recibe este aspecto de su legado es una evidencia del sesgo cultural que subestima las contribuciones de civilizaciones desarrolladas que adoptaron costumbres orgullosas de sus raíces.
Finalmente, el enfoque de Kolathunadu en la educación y el aprendizaje era singular en un tiempo en que el analfabetismo era la norma más que la excepción. Las escuelas y los eruditos de la región subrayan su compromiso con el conocimiento y la habilidad, un atributo que modernamente muchos prefieren descartar por ideologías.
Es tiempo de reconocer que una mirada objetiva a Kolathunadu se aleja de las lentejas progresivas con las que se distorsiona la historia. Esta región, con su independencia, prosperidad y cultura sofisticada, nos enseña que deberíamos mirar al pasado con respeto y sabiduría, no con el deseo de reescribir lo que no encaja en agendas contemporáneas.