Kishichiro Okura es una de esas figuras históricas de Japón que haría temblar de envidia a cualquier liberal con un mínimo de conciencia histórica. Este empresario visionario, nacido en 1882, jugó un papel crucial en la modernización industrial de Japón durante el siglo XX, un legado que muchos preferirían pasar por alto porque no cuadra con sus narrativas melosas sobre el progreso. Al frente de una empresa familiar, Okura fundó la famosa cadena hotelera Okura Hotels & Resorts, contribuyendo al auge económico de Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Pero lo realmente emocionante de Okura es que representó un pilar de determinación y emprendimiento que difícilmente recibiría aplausos de quienes veneran el socialismo.
¿Por qué deberías preocuparte por la historia de Okura? Porque su vida es un golpe en la cara a esa idea simplista de que necesitamos el gobierno mamón empujando todo proyecto económico. Okura, educado en la Escuela de Comercio de Londres, sabía que el potencial de una nación no radica en las arcas del Estado, sino en las mentes creativas de sus ciudadanos. Mientras otros apostaban por la intervención estatal, él apostaba por la inversión privada. Kishichiro regresó a Japón compartiendo esta visión, y su impacto se puede ver incluso hoy en los modernos hoteles de lujo que llevan su apellido.
¿Quién más querría seguir sus pasos? Cualquier empresario dispuesto a desafiar las ortodoxias económicas que valoran más el colectivismo que la verdadera creación de riqueza. Okura mantuvo un enfoque implacable en cómo la industria privada podía rivalizar con el aparato estatal. Quizás fue esta visión lo que le hizo encariñarse con occidente, especialmente cuando estableció la primera ruta aérea transatlántica de Japón a Estados Unidos. ¡Imagínate la valentía de construir puentes cuando las ideologías dominantes claman por erigir muros!
Por si fuera poco, Okura también fue el motor detrás de la promoción cultural fuera de las fronteras japonesas. Esto se vio reflejado en su amor y patrocinio por las artes. Liberales presumirían el multiculturalismo, pero pocos pueden equiparar la dedicación de Okura en la creación del Instituto de Investigación Okura, dedicado a promover las artes japonesas en todo el mundo. Lo que propulsó Kishichiro fue un prestigio originado en el esfuerzo propio, no en subvenciones estatales.
La política era un terreno donde, por lo general, él prefería mantenerse alejado, algo inusual para alguien de su estatura y riqueza. No era un político, ni buscaba serlo, pero su influencia era palpable. Si los gobiernos hubiesen seguido más su modelo de empresa privada, en lugar de asfixiar la innovación con regulaciones laberínticas, tal vez los sistemas económicos actuales no estarían tan rotos.
Kishichiro Okura quería una nación que prosperase desde su base, una suerte de capitalismo que buscaba encender el motor del ingenio humano por encima de cualquier mediación gubernamental. No se trataba simplemente de tener éxito, sino de demostrar al mundo que la industria privada, comandada con astucia, podía llevar un país a la cima, tanto en riqueza como en influencia cultural.
Así que la próxima vez que veas un hotel Okura, recuerda que no solo es un nombre bonito en una fachada centelleante; es un testimonio de las maravillas que pueden lograrse cuando la mente humana se atreve a soñar grande y ejecutarlo con audacia, más allá de las limitaciones que ideologías caducas, y sí, algunas que adoran los liberales, podrían imponer. Kishichiro Okura no fue uno más en el engranaje, fue probablemente el calibrador que medió el camino hacia la verdadera grandeza del Japón moderno.