¿Hay un escándalo más jugoso que adereza la política actual que el caso Karabar? Lo dudo. Esta saga se centra en el político ultraconservador Rafael Karabar, quien, durante su mandato en la junta de gobierno del barrio de San Lorenzo, desató un aluvión de comentarios, tanto a favor como en contra. Todo explotó en octubre de 2023 cuando se descubrieron documentos filtrados que supuestamente vinculan a Karabar con decisiones políticas que beneficiaban a sus aliados empresariales. Y como era de esperarse, más de uno está que salta.
Primero, es esencial saber qué fue lo que destapó la olla. Resulta que una mano misteriosa filtró memorandums internos que se recogieron durante reuniones privadas con la élite económica del país. ¡Oh, la sorpresa! La cosa sería normal en cualquier reunión de oficina si no fuera porque esas decisiones encaminaban beneficios fiscales hacia dichas empresas. Cualquiera pensaría que querer ayudar a mejorar la economía está bien, pero los de siempre han encendido sus antorchas, prontos para quemar a cualquier político que no se alinee con su pensamiento arcaico.
Segundo, tenemos que hablar de los infaltables oportunistas políticos. Desde que esta información salió a la luz, la oposición no ha tenido reparos en hacer del escándalo un espectáculo mediático. En vez de analizar de manera transparente y con datos consistentes, prefirieron magnificar el contenido presentándolo como una amenaza para la democracia. ¿Por qué? Pues, porque cultivar el miedo siempre ha resultado efectivo para ellos. Los colores de sus banderas sollozan por una causa que no entienden del todo.
Tercero, no podemos dejar de lado a los que creen que cualquier forma de alianza económica es sinónimo de corrupción. Para ellos, Karabar es el nuevo villano nacional y lo pintan como un magnate oscuro que se esconde entre las sombras. Eso sin siquiera tomarse un respiro para investigar realmente el impacto económico positivo que sus acciones podrían haber tenido. Así de simple, para quienes no creen en el capitalismo como una herramienta de crecimiento, cualquier acercamiento a la economía de mercado distrae su juicio.
Cuarto, es curioso cómo los medios de comunicación se han tragado este anzuelo tan fácilmente. Aunque sabemos que los medios tradicionales muchas veces prefieren ir a por el titular sensacionalista antes que el análisis a fondo, diseminaron la controversia sin cuestionar las fuentes detrás de los documentos. Claro, lo fácil vende, un clic vale más que mil palabras y el drama consume la atención ciudadana como pan en mañana de desayuno.
Quinto, el más claro ejemplo de hipocresía radica en los que ahora suben el grito al cielo, pero que no pestañearon cuando sus líderes políticos suscribían pactos similares con otros sectores poderosos. Olvidan sus propios episodios de corrupción o negligencia, pero no escatiman esfuerzo en resaltar los errores de quienes ven como rivales políticos.
Sexto, los defensores del libre comercio estamos conscientes de que el mundo avanza mejor con la colaboración entre el sector privado y público. Pero claro, cuando esas ideas chocan con ciertos dogmas ideológicos, se deja de lado esa verdad. Karabar quizás actuó en el borde del reglamento, pero su intención de que más empresas prosperen será siempre malinterpretada por aquellos que ven el mercado como un depredador, no como un aliado.
Séptimo, importante recordar la trayectoria de Karabar antes de dictar sentencia. Este político ha sido parte de reformas que salvaguardaron empleos y vigilaron el gasto público. Claro que en la política, una buena acción siempre será opacada por un rumor mal intencionado.
Octavo, analizar las políticas económicas con un lente crítico es comprensible, pero distorsionarlas para ajustarlas a un relato negativo es antiético. Lo que pedimos es un poco de mesura, pero sabemos que esta virtud no es compartida por quienes prefieren el caos en vez de la razón.
Noveno, quienes ven más allá de este teatro saben que si queremos mantener nuestra nación a la vanguardia, alianzas como las que Karabar promovía son necesarias. Debemos permitir que los actores económicos florezcan, y hacerlo sin tantas trabas burocráticas que solo complican e impiden el crecimiento.
Finalmente, frente a acusaciones como estas necesitamos una sociedad que sea crítica, pero también justa e informada. Dejemos de lado la vara de juicio parcial para juzgar explícitamente sobre lo incierto. Si no somos justos con cada caso, nos veremos superados por el estruendo de quienes claman justicia sin saber realmente lo que es.