Kalabagh, el nombre que hace temblar a los desarrollistas de teclado y que despierta pasiones en cada frontera de Pakistán. Nos encontramos ante un viejo plan hidroeléctrico que ha estado en la mesa de dibujo desde la década de 1980 y que busca instalarse en el río Indo. ¿Por qué no ha sucedido? La respuesta es simple: una mezcla entre intriga política, falta de voluntad y, por supuesto, el miedo infundado de ciertos sectores que creen en la magia de los proyectos ecológicamente “puros”.
Imaginen una nación con una necesidad palpable de recursos, con ciudades hambrientas por energía y ríos que desbordan de potencia infravalorada. Kalabagh es la solución que osadamente ofrece la oportunidad de mitigar problemas tan cruciales como las periódicas secas y las poco eficientes infraestructuras eléctricas. Pero claro, siempre hay una piedrecilla en el zapato del progreso: esas voces que temen las alturas de una represa tan majestuosa, presagiando catástrofes medioambientales y desplazamientos masivos que, si somos honestos, bien gestionados pueden resultar mínimos.
La represa de Kalabagh es más que un proyecto energético; es un símbolo de soberanía y de responsabilidad gubernamental. Sería insensato no considerar los empleos que generaría, las mejoras en el riego agrícola y la estabilidad eléctrica que urgimos diariamente. Con su capacidad para generar 3600 megavatios de electricidad, abriría la puerta a un futuro más próspero, menos dependiente de combustibles fósiles y, a su manera, más ecológico que antes.
Por supuesto, hay provincias que levantan voces contrarias, reclaman posibles inundaciones incontrolables, saltando desde las arenas movedizas del malinterpretado cambio climático a conclusiones alarmistas. Sindh y Khyber Pakhtunkhwa, para ser precisos, nos ofrecen reticencias plásticas; sin embargo, la visión macroeconómica global sugiere que los beneficios superan sus ansiados males. ¿Acaso no es este un claro caso donde los intereses globales deben superar a los regionales?
Lo que Kalabagh encarna es la idea de que un gobierno fuerte y decidido puede dirigir el barco hacia un puerto de modernidad. A los críticos habría que decirles, si les interesa escuchar, que Kalabagh es el boleto hacia un renacimiento energético. Sin embargo, sucede que es más fácil aspirar a una utopía del carbono cero sin mirar tras su cortina de pereza.
Lecciones históricas nos enseñan que los grandes pioneros sufrieron barreras similares. Miren, por ejemplo, a las arquitecturas hidroeléctricas de América del Norte, donde tantas represas han sabido doblegar incluso a los climas más hostiles. Kalabagh tiene ese potencial, desestimado únicamente por aquellos que eligen el confort de la queja.
Este futuro próspero que mencionamos no carece de antecedentes prometedores. La represa de Tarbela en Pakistán es un ejemplo clarísimo de éxito en cuestión hidroeléctrica. Entonces, ¿por qué estos empantanadores optan por crucificar a Kalabagh? Es una pregunta retórica, pues su motivación es más política que práctica, dibujada por trazos de liberalismo mal informado, la única mención de algo que deviene casi una religión para algunos.
No olvidemos que la preservación del medio ambiente es encomiable cuando no se transforma en un pretexto para el estancamiento. Las innovaciones no se forjan en la pasividad del idealismo radical, sino en actos contundentes. Kalabagh es un proyecto que debe ser consagrado, no solo por la promesa inherente de crecimiento económico sino por la oportunidad única de que Pakistán emprenda su camino hacia la autosuficiencia energética.
Es allí, justo donde el Indo fluye seguro y constantemente, que Kalabagh debe levantarse como un pilar ejemplar de ambición. La realidad es que, con el debido control, el impacto medioambiental puede ser manejado tan cuidadosamente como lo han sido en muchas economías desarrolladas. La ideología no debe eclipsar a la realidad —y la realidad dicta que Kalabagh es el Norte que apunta el compás de Pakistán hacia una senda de prosperidad.
No es fácil desafiar las tempestades mediáticas, los falsos discursos sobre el desastre inminente, pero esta es una batalla que se deberá librar con hechos y no con temor inducido. Kalabagh tiene el potencial de ser un cambio de juego, una carta bajo la manga que puede redirigir el destino de la nación. La pregunta final es, ¿será el gobierno lo suficientemente valiente para priorizar la razón sobre el ruido?