Jueces 9 es como una novela política que bien podría poner los pelos de punta a cualquier liberal que admire la organización pacífica y ordenada de un sistema democrático. Aquí tenemos a Abimelec, el hijo de Gedeón, armado con ambición desmedida y un plan para hacerse con el poder a costa de lo que sea. Nos situamos en la antigua Siquem, donde Abimelec decide que, para gobernar, la sangre debe correr. Y vaya que corrió. En un acto de traición imposible de perdonar, mata a sus setenta hermanos con la complicidad de los hombres de esa ciudad. Así comienza su reinado de terror.
Durante tres años, Abimelec gobierna con mano dura y un corazón aún más duro. Y es que, en vez de justicia, corrupción y venganza está a la orden del día en este espectáculo oscuro de la historia bíblica. Tal vez se preguntarán cómo es que alguien podría mantenerse en el poder tras semejante acto de violencia. Aquí es donde los liberales, con su inclinación al diálogo y la reconciliación, se quedarían perplejos ante la transferencia de poder que Abimelec logra casi sin inmutarse.
Pero la falta de virtudes en un gobernante corrupto no pasa desapercibida. Gaal, un rebelde con causa, emerge de entre las sombras para desafiar la autoridad de Abimelec. Hasta en la Biblia hay héroes defectuosos, ¿verdad? Este levantamiento nos habla de cómo el pueblo, en algún momento, se cansa de ser maltratado por un liderazgo nefasto. Cuando Gaal intenta derrocar a Abimelec, esto intensifica la historia con más estrategias bélicas y confrontaciones. Todo esto porque Abimelec no estaba dispuesto a conceder su trono, ni siquiera al precio del derramamiento de aún más sangre.
La narrativa desenrolla con el desenlace desastroso de la vida de Abimelec, que termina aplastado por una mujer que le arroja una piedra de molino desde una torre, irónicamente pidiendo a su escudero que lo mate para que no digan que una mujer acabó con él. En este drama político, absolutamente nadie sale victorioso. Los jueces, en el contexto bíblico, sirven como líderes de un pueblo que mira y aprende de sus errores políticos y su incapacidad de manejar el poder de manera honorable.
La historia de Jueces 9 plantea cuestiones morales que resuenan hoy. El abuso de poder y la corrupción no son nuevos, ni tampoco lo son las consecuencias. La provocativa historia de Abimelec es una dura advertencia sobre hasta dónde puede caer una sociedad cuando se deja llevar por los egoísmos individuales en lugar de los intereses colectivos. Hay lecciones aquí que vienen bien recordar en todo régimen político moderno. Dicen que la historia se repite, y vaya que sería un error permitir que figuras del tipo de Abimelec se apoderen del curso de la historia.
Es precisamente aquí donde podemos extraer lecciones sobre lo que ocurre cuando personas con deleznables prácticas logran acceder al poder. En Jueces 9 vemos manipulación, engaños y absurdas ambiciones personales desgarrando el tejido moral de una sociedad. En este relato, no hay espacio para la redención, ya que todos degustan las amargas consecuencias de sus acciones.
El entorno de Siquem, con todos sus horrores políticos, es un recordatorio de que el poder sin control ni moral es devastador. Quizás deberíamos levantar nuestra voz en oposición a todo tipo de liderazgo parecido al de Abimelec, que no ofrece más que ruina, resentimiento y un legado mancillado por la sangre de los inocentes. La justicia y un gobierno justo no provienen de la eliminación brutal de cualquier oposición, sino del reconocimiento de que el verdadero liderazgo aboga por el bienestar de todos, no solo de uno mismo.