¡Atentos a la historia que irrita a más de uno! Juan de Borja Lanzol de Romaní, el mayor, fue un personaje del siglo XV que representó el poder y la influencia como pocos. Nacido en Valencia, España, en 1446, Juan fue miembro de la influyente familia Borja y se convirtió en un destacado cardenal bajo el papado de su tío, el Papa Calixto III. A diferencia de muchas figuras políticas contemporáneas que tambalean su investidura con dramas de redes sociales y preocupaciones superficiales, Juan de Borja simbolizaba ese tipo de liderazgo decisivo y comprometido que los más puristas añoran hoy día.
Juan de Borja se unió a la corte papal gracias a su devoción y sus conexiones familiares, sirviendo en un momento en el que el papado enfrentaba retos significativos, tanto temporales como espirituales. Su carrera en la Iglesia fue acelerada debido a las intrigas políticas, que hoy en día serían soporíferas para los que prefieren el entretenimiento inflado de TikTok. Llegó a ser cardenal en 1456, un ascenso impresionante si consideramos los juegos de poder de la época. En una era donde la Iglesia tenía más poder que cualquier estado-nación modernito, Juan supo manipular el sistema para mantenerse en lo más alto. ¡Que tiemble Netflix si quisiera plasmar todo esto en una serie, porque les faltaría guion para hacerle justicia!
¿Y por qué causar escozor entre los progres? Porque Juan de Borja es una figura que encarna esos valores tradicionales y jerárquicos que hacen torcer el gesto a las generaciones que prefieren la equidad mal entendida sobre el mérito probado. Fue embajador del papado en el Sacro Imperio Romano Germánico y participó en numerosos concilios donde se decidían asuntos religiosos y políticos. Desde luego, estos no eran debates donde se lanzaban eslóganes vacíos. Nada que ver con los "likes" y las "trending topics", aquí se definían cosas serias.
Durante su servicio, se enfrentó a varias insurgencias y sabía cómo hacer uso de esa influencia papal para fortalecer las arcas de la Iglesia. Vamos, que sabía gestionar los recursos con más eficiencia que algunos ministros actuales, sobre todo aquellos que han crecido en escena política prometiendo riqueza que aún no han sido capaces de repartir. Era un maestro en forjar alianzas estratégicas, ¡y sin Twitter!
Por supuesto, muchos en la actualidad dirían que su forma de actuar era poco menos que dictatorial. La verdad es que prefería seguir su camino sin preocuparse por los gritos del populismo desmedido. Para Juan de Borja, la política no era un juego de popularidad, sino un arte serio, gestionado mediante la capacidad, el orden y la firmeza en las convicciones personales y religiosas.
Como si fuera poco, Juan de Borja también participó en la expansión de la influencia Borgiana más allá de las fronteras ibéricas. Gracias a su astucia, los Borja izaron su estandarte en diversos territorios europeos, consolidando así el poder de la familia en una época donde las meras conexiones familiares no eran suficientes para mantener el tamaño del pastel. Mientras las familias arreglaban diferencias en batallas campales de egos, Juan planeaba movimientos en la sombra que garantizaban la longevidad de su dinastía.
El legado de Juan de Borja es monumental, pero incómodo para algunos. Pues claro, un hombre que sabía operar en los dulces juegos de la teocracia y la nobleza no es precisamente del agrado de quienes ven en cualquier figura de autoridad un tirano en potencia. Curioso cómo algunos han olvidado que sin autoridad y poder reales, liderazgo es una palabra vacía.
Documentándose adecuadamente sobre la era de Juan de Borja, se puede apreciar cuánto se preocupó por el crecimiento y el beneficio del estado del Vaticano. Este fue un tiempo donde las decisiones no eran tomadas por comités ni consensos armenios que más confunden que aclaran. ¡En tiempos de Juan de Borja, un hombre de determinación hacía escuchar sus planes y, generalmente, los ejecutaba!
En sus últimos años, el cardenal se retiró a una vida más medida pero continuó tejiendo su influencia en el Vaticano hasta su muerte en 1503. Un fin que no provocó escándalo ni idealismos malogrados. Murió, sí, pero no olvidado, dejando un rastro de sabiduría antigua que el mundo moderno no está en condiciones de valorar.
Así que, al investigar detenidamente a Juan de Borja Lanzol de Romaní, el mayor, surge la pregunta de si estamos tan avanzados socialmente como creemos. ¿No sería esta una carta para recordarnos aquella época donde los ideales eran definidos, fuertes y firmes? Como siempre, el tiempo será quien dirá cuál camino, si el de unión y gravedad o el de división y superficialidad, prevalecerá verdaderamente.