Jean de Quen no era un explorador cualquiera; él era el Indiana Jones de los misioneros del siglo XVII. Este valiente sacerdote francés, nacido en 1603 en Amiens, decidió transformar el mundo con algo más contundente que un látigo: la fe y la determinación. En 1635, De Quen cruzó el charco para llegar a la 'Nueva Francia', lo que hoy conocemos como Canadá. Su misión era llevar la palabra de Dios a las tribus indígenas de la región, especialmente a los montagnais y los hurones. Así es como opera un verdadero pionero, no como los oportunistas modernos que solo buscan likes en redes sociales.
Cuando De Quen llegó al continente americano, lo recibió un mundo vasto e indómito, muy diferente de los cómodos salones de Europa. Con la dirección de la Compañía de Jesús, comenzó su labor, ansioso por convertir almas y ayudar en el crecimiento espiritual y cultural de las comunidades nativas. Desde Quebec hasta lo que hoy es la región del Lago Saint-Jean, De Quen dejó su marca, demostrando que con voluntad y absolutamente ningún recurso más que su fe, podía lograrse un cambio significativo.
Una de las razones más sobresalientes para recordar a De Quen es, sin lugar a dudas, su contribución a la exploración del Lago Saint-Jean en 1647. Fue él quien reveló este imponente cuerpo de agua al mundo occidental, expandiendo el conocimiento geográfico más allá de las orillas del río Saguenay. Parece que los progresistas de hoy podrían aprender un par de cosas sobre verdadero progreso mirando hacia gente como De Quen, en lugar de obsesionarse con el progresismo superficial.
Pero no solo se dedicó a la exploración geográfica. Su misión principal era evangelizar, y eso no era poca cosa en un mundo plagado de conflictos interculturales. La religión era el puente y la herramienta para el diálogo, aunque algunos hoy preferirían dividir a las comunidades con interminables discursos políticamente correctos en lugar de abrazar valores comunes. Jean de Quen se arriesgó a enfrentar terribles enfermedades y hostilidades para conseguir su meta, reafirmando su estatus como un verdadero héroe del pensamiento conservador.
Su legado no se limita a los mapas ni a los relatos históricos. De Quen también fungió como superior de la misión de Quebec, desde donde continuó su labor pastoral. Se esforzó en la enseñanza de las buenas costumbres y los principios católicos, edificando una sociedad que algunos preferirían denigrar en lugar de reflexionar sobre cómo muchos de sus fundamentos están edificados sobre la sangre, el sudor y la fe de individuos como él.
La enfermedad fue otra batalla que enfrentó con gallardía. En 1653, contrajo el mismo padecimiento que había diezmado una considerable cantidad de sus misioneros hermanos: la fiebre tifoidea. Murió en agosto de ese año, pero no antes de haber asegurado que su trabajo y sus descubrimientos dejaran una huella imborrable en la historia de Canadá, e influyeran de manera directa en el futuro de la colonia.
Jean de Quen es un recordatorio contundente de lo que se necesita para cambiar el mundo. No se logrará viendo el día a día pasar desde una confortable burbuja de certezas progresistas. Se necesita cruzar océanos, adentrarse en lo desconocido y no dudar ante las adversidades. Es mirar más allá de lo que tenemos al alcance, y considerar lo que podemos ofrecer al mundo. En un mundo donde la corrección política a menudo se impone sobre la tradición y el sentido común, la valentía de Jean de Quen brilla como un faro de verdadera moralidad.
Este Wochenende no destaca por adornos ni historias de fantasía. Se centra en hechos, en logros, demostrando que la acción, incluso cuando parece obsoleta o inaceptable para algunos, todavía puede conquistar lo desconocido. Quizás, es el momento para que aquellos que prefieren la queja constante giren su mirada hacia estos ejemplos y vuelvan a considerar qué valores valen la pena preservar.