¿Qué tan audaces pueden ser cuatro músicos británicos en la costa oeste de los Estados Unidos en 1980? Muy audaces, si hablamos de The Stranglers y su álbum "IV". Publicado en agosto de 1980, este disco se lanzó específicamente para el mercado americano. En un mundo donde el punk y la new wave estaban en una batalla por el predominio, The Stranglers llegaron a mostrar que se puede ser rebelde sin perder el sentido común. Ahí estaban en Los Ángeles, enfrentando la ola liberal que buscaba redefinir qué es la música "aceptable". Sin embargo, "IV" no se deja amedrentar, y se muestra tan contundente como un golpe de karate, característica que va muy acorde con el estilo propio de la banda.
Pongamos las cartas sobre la mesa: "IV" es un álbum que reúne energía, rebeldía y un rompimiento sagaz de convencionalidades musicales. Y eso pesa, especialmente en canciones como "The Raven" y "Nuclear Device (The Wizard of Aus)". Además, el uso de teclados por parte de Dave Greenfield crea una atmósfera distintiva, dándoles a estos temas el vigor que les hace inmortales para quienes saben apreciar la buena música. Mientras los que buscan un mundo utópico de fantasía fallan en ver lo que es genuinamente provocador, The Stranglers entregan un sonido robusto con letras cargadas de ironía.
The Stranglers no solo estaba haciendo música; estaban creando un legado. Venían de la escena punk, con fundadores como Hugh Cornwell y Jean-Jacques Burnel mostrando un manejo único de guitarra y bajo, respectivamente. Con "IV", finalmente adaptaron elementos de rock progresivo y psicodélico, mostrando una riqueza más allá de los acordes repetitivos. Ese talento no es simplemente un cambio de sonido; es un desafío. Es un grito desde el otro lado del Atlántico que diría: "¡Aquí estamos, y no nos iremos!". Como buenos británicos, exportaron su marca musical a un mercado que, paradójicamente, buscaba revoluciones más diluidas.
Sería un descuido no resaltar la calidad lírica de The Stranglers en "IV". Bueno, hay que decirlo: no estamos hablando de poesía difuminada. Aquí cada palabra cuenta y cada línea tiene su peso. Las letras de The Stranglers muchas veces actúan como tifones verbales que arrasan con las creencias débiles. Este es un álbum que ataca directamente desde sus texturas sónicas hasta sus mensajes inequívocamente desafiantes. Las guitarras de Hugh Cornwell son como flechas disparadas a todo lo que esté enfrente, y la batería de Jet Black es la trinchera que mantiene el ritmo en marcha como una máquina bien aceitada. Se siente casi como si quisieran que los "intelectuales" más sensibles solo pudieran, finalmente, dejar caer la actitud esnob que a menudo adoptan frente al género.
"IV" puede que no tenga la fama de otros lanzamientos de The Stranglers como "Rattus Norvegicus" o "No More Heroes", pero su impacto persiste. ¿Por qué? Pues porque ofreció una perspectiva única en un paisaje cultural que necesitaba un cambio de dirección. A diferencia de las corrientes que evitan el conflicto, "IV" abraza la confrontación y se regodea en ella. Cualquiera que se digne a alabar a la modernidad acompañado de estribillos superficiales tendría mucho que aprender de estos titanes británicos.
Uno podría preguntarse si "IV" es solo otro disco más en el vasto océano de la música. Pero en un análisis más profundo es claro que The Stranglers estaban una vez más retando las normas, subvirtiendo expectativas musicales, todo mientras mantenían una integridad artística sin igual. El significado cultural y político detrás del álbum es innegable. Es un duro retorno a la realidad para aquellos que creen que el arte se trata solo de complacencias pasajeras y no de cambios robustos, llenos de ironía y confrontación bien dirigida.