Imaginemos un mundo donde la justicia no fuera un desfile de pañuelos de seda, donde las personas verdaderamente pagaran por sus crímenes sin espacio para las 'sensibilidades modernas'. En España, la variopinta escena política nos ofrece la joya llamada 'Iría a la Cárcel', un programa pionero lanzado en 2022 en Madrid. Diseñado para 'rehabilitar' a aquellos que han coqueteado con la delincuencia, promete, con una sonrisa paternalista, que el castigo no siempre tiene que ser tan malo, que tiene matices, que incluso la cárcel puede ser un cálido abrazo.
¡Qué concepto tan glorioso! La idea, creada por aquellos mismos que traen consigo un discurso de compasión desbordante, busca convencer a la sociedad de que endurecer las penas no es realmente eficaz. "La mano dura está pasada de moda", proclaman. Así que, en lugar de encerrar a los pillos tras las rejas, se opta por cursos de manualidades, charlas de motivación y, sorprendentemente, yoga. Porque claramente el armario de un convicto está lleno de mallas de yoga en lugar de intenciones de cambio. Pero, ¿acaso no necesitamos una justicia que haga justicia?
'Iría a la Cárcel' es más que un simple programa de reeducación. Es un manifiesto contra la 'one-size-fits-all' del encarcelamiento tradicional, una afrenta a la idea de que quienes violan la ley deben enfrentarse a sanciones severas. ¿Cuándo y en qué versión del mundo real decidió alguien que el castigo podría ser un taller de cerámica o una clase de superación personal? Ah, claro, esa versión progresista que tanto busca glorificar a aquellos que no dan el brazo a torcer cuando cometen fechorías.
¡Bendita ingenuidad! La preocupación parece centrarse en ofrecer a los transgresores un “cómodo” camino hacia la redención, ignorando a las verdaderas víctimas. Porque, después de todo, el sistema debe adaptarse al criminal, no el criminal al sistema, según la lógica imperante. Está claro que esto ha sido una jugada maestra para quienes disfrutan de suavizar realidades, pero ¿qué pasa con la seguridad y el bienestar de la sociedad en general?
Pareciera que en esta moderna 'prisión', el infractor puede no sentir más que una ligera palmada en la mano; una palmada que, lejos de disuadir, podría alimentar la reincidencia. Debemos cuestionar qué hay detrás de estos programas blandengues que no reconocen los beneficios reales de una justicia firme y eficiente. ¿Es este el tipo de mensaje que queremos mandarle al próximo ladrón en potencia? "¡No te preocupes! Podrías terminar pintando mandalas en una celda zen".
Y es que aquí, el problema es sencillamente castigarlos con guantes de seda: un desatino que distorsiona el verdadero valor de la justicia y la convierte en un espectáculo de luces y sombras que beneficia a cualquier criminal. Mientras tanto, las personas de bien, los trabajadores que se levantan cada mañana a construir una mejor sociedad, deben soportar burlas del sistema mientras son llamados retrógrados por pedir seguridad.
Seamos claros, nadie quiere a un asesino, ladrón, o violador entre nosotros, rehabilitado a medias por un sistema que vende la falsa ilusión de que con buenas intenciones y cursillos de conducta se construye el camino hacia un nirvana social. Aquí nos encontramos, con una desesperante y casi cómica insistencia en esquivar un concepto fundamental: la delincuencia debe ser castigada, no disculpada.
En este mundo de arcoíris jurídicos, imaginamos un 'mañana brillante', donde los criminales limpios de antecedentes legales vuelven inmotivados al entorno que los encumbró al crimen. Donde no aprenden consecuencias, solo literatura. Resulta hasta irónico que el sentido común se vea opacado por un deseo indiscriminado de perdonar, aliviado por el simple hecho de que 'se está haciendo algo'.
Es un momento de reflexión para quienes aún creen que la firmeza del carácter y la disciplina son virtudes fundamentales. Un momento para abrir los ojos y ver cómo un eslogan bien diseñado simplemente no sustituye a una acción sólida, directa y efectiva. Es tiempo de recordar que la ley se respeta o se paga. Aquellos que deberían ir a la cárcel merecen una justicia que no sea ni poética ni simbólica, sino que garantice que no se repitan los eventos que los llevaron allí.
Volvamos a lo sencillo y funcional: si seguimos al pie de la letra la idea de que los delitos deben ser tratados con cariño, nuestros sueños de justicia acabarán en una pantalla de televisión desde el salón de la impunidad. Prostituir el sentido original de las cárceles en un campamento de verano sólo nos llevará al encabezado de la crónica roja. Si los protagonistas de este show siguen creyendo que 'rehabilitar' significa endulzar la vara, lo pagaríamos todos con una sociedad que da mordiscos cuando debería morder.