El Río Pearl en el sur de China ha vuelto a hacer de las suyas, y esta vez de una manera que ha dejado a más de uno con la boca abierta. En junio de 2023, tras semanas de lluvias incesantes, el río alcanzó niveles de agua históricos, desbordándose y causando una inundación que impactó a millones de individuos en las provincias de Guangdong y Guangxi. Según los expertos, esta fue una de las peores crecidas en los últimos cien años, con casas arrasadas, vastas hectáreas de cultivo arruinadas, y gran parte de las infraestructuras gravemente dañadas.
¡Vaya caos! Es en momentos como este cuando el desastre natural se mezcla con el frenesí de las políticas públicas. En una esquina del cuadrilátero, las autoridades luchan por poner un parche a la tragedia; mientras, en la otra, entusiastas del cambio climático poco hacen más que señalar con el dedo y exigir soluciones que carecen de realismo.
Las lluvias torrenciales que azotaron el sur de China llegaron a ser tan severas debido a una combinación de monzones descontrolados y cambios en los patrones climáticos naturales. Pero claro, criticar al clima es lo suficientemente fácil cuando es evidente que siempre ha sido escurridizo e impredecible. Es más cómodo seguir responsabilizando de todo al práctico comodín: el cambio climático.
¡Despierta mundo! Sí, la naturaleza tiene sus caprichos, pero nunca hay respuestas mágicas que sirvan para todo. Este desastre es una prueba más de que enfrentar estos retos con realismo y precisión es el único camino viable. Centrándonos en el caso de esta inundación, las fallas en las infraestructuras y la regulación han demostrado que el crecimiento urbano desenfrenado solo logra profundizar la catástrofe. La falta de preparación adecuada, su planificación defectuosa, y una gestión del agua deficiente han convertido la necesidad de acción concreta en mera charlatanería.
Las inundaciones como las del Río Pearl son tan inevitables como los discursos insípidos sobre salvar al planeta. Pero, ¿dónde está la apuesta por soluciones prácticas? ¿Dónde están las propuestas que realmente trabajen para evitar futuros desastres? La respuesta fácil parece perdida entre las charlas de café de los activistas. Necesitamos usar los recursos disponibles: construir represas eficientes, rediseñar sistemas de drenaje, y mejorar los planes de emergencia, no quedarnos atrapados en un círculo de recriminaciones eternas y soluciones utópicas.
China ya está moviendo ficha. Los dirigencias, en su búsqueda por restaurar el orden, ya han desplegado brigadas militares de socorro, mandado recursos y reforzado las medidas preventivas. Reactivar la economía y las comunidades afectadas no es una cuestión de fe ciega en que el clima bonachón y benévolo regrese cuando se cansa de causar estragos. La reconstrucción será ardua y es el momento de crear infraestructuras que sean verdaderamente resistentes a las crecidas, no sueños verdes.
El Río Pearl es un recordatorio brutal pero necesario de que las soluciones efectivas no pasan por maldecir al clima y esperar que la naturaleza, de repente, decida portarse bien. Apostarlo todo al cambio climático para buscar justificar estas situaciones solo desvía la atención de problemas reales y tangibles que pueden y deben ser abordados eficientemente. Así que a trabajar por un futuro mejor, pero dejemos el dogmatismo a un lado, que bastante ocupa ya en los discursos vacíos de los liberales.