La eterna lucha entre el hombre y el monstruo ha sido un tema recurrente en nuestra historia: nuestro propio Frankenstein. Desde las gélidas tierras de Escandinavia, donde Beowulf luchó contra Grendel, hasta el destripador Jack que merodeó las nieblas de Londres, el hombre se las ha ingeniado para enfrentar a sus demonios, reales o no, desde tiempos inmemoriales. No hace falta ir tan lejos geográficamente para entender este fenómeno. En la actualidad, vivimos combatiendo lo que muchos consideran monstruos reales: la corrupción, la incompetencia gubernamental y, por qué no decirlo, ciertas ideologías desencaminadas.
Un verdadero 'hombre' –y aquí no nos referimos a un género, sino a una postura ante la vida– es aquél que sabe reconocer estas amenazas, estas criaturas extrañas que acechan nuestra libertad y nuestro sentido de justicia. El valentón que se enfrenta al monstruo no solo ve el problema; actúa. La modernidad nos presenta monstruos nuevos, que no se ven a simple vista, como el perverso feminismo radical, que no busca la igualdad sino instaurar un matriarcado donde todo hombre es culpable. Esas monstruosidades ideológicas se nutren del malentendido y la tergiversación.
Por otro lado, la lucha hombre vs monstruo también se puede ver en un terreno más personal. Está ahí cada vez que nos resistimos a las modas culturales fugaces que nos imponen desde los centros de poder del entretenimiento, esos cantos de sirena que nos prometen un mundo sin responsabilidades ni valores sólidos. Al igual que Odiseo, tenemos que atarnos al mástil de nuestros principios para no caer en la tentación.
Además, salir a cazar monstruos no es una tarea popular, ni mucho menos agradecida. Se requiere coraje para ir contra la corriente y para cuestionar lo que se da por sentado sin temor a ser etiquetado como un retrógrado. La sociedad está llena de mantras de autodenominada progresía, que no soporta ser desenmascarada y menos aún por quienes defienden la familia tradicional, el esfuerzo personal y esos principios que han forjado las verdaderas civilizaciones. Quienes osan enfrentarse a todo este bando de monstruos no son bien recibidos en las cenas intelectuales, pero sabemos que ahí reside la verdadera lucha. Ser 'hombre' es ser el héroe que también se enfrenta a los monstruos burocráticos en la defensa de la libertad de expresión, sin importar las consecuencias de desafiar este monstruo moderno.
Uno de los monstruos más insidiosos a los que hacemos frente es la amenaza de un gobierno omnipresente que se inmiscuye en todos los aspectos de nuestra vida. Un auténtico monstruo orwelliano que, bajo el pretexto de proteger al ciudadano, se convierte en su carcelero. A un verdadero defensor de la libertad no le asusta este verdadero Leviatán, pues sabe distinguir la diferencia entre una sociedad segura y una en que la seguridad es excusa para controlar.
También nos enfrentamos al monstruo de la corrección política. Ese reptilesco ser que cambia de forma y oculta su verdadero propósito: aplastar el debate genuino e impuesto un solo pensamiento bajo la apariencia de tolerancia. Quienes prefieren la verdad sobre las mentiras bonitas, a menudo se ven obligados a una lucha sin tregua.
Al final, ser un héroe no siempre significa recibir aplausos y honores. A veces, luchar contra los monstruos significa optar por la verdad clara, aunque sus consecuencias sean incómodas. El verdadero reto no es ver al monstruo, sino entender que sostener esta lucha es un deber, y más aún, un privilegio. Es una batalla que no se libra con espadas, sino con principios; no con violencia, sino con argumentos.
Entonces, hombre o mujer que lees, ¿cuándo saldrás tú a cazar al próximo monstruo?