En un mundo siempre ocupado buscando el próximo escándalo político, ¿quién iba a pensar que el "Himno a las Naciones Unidas" traería tanta tela que cortar? Compuesto por el célebre músico Pablo Casals en 1971, el himno fue oficialmente adoptado durante una ceremonia en la sede de la ONU en Nueva York—un acto tan relevante como el paso de una brisa en un día caluroso. El propósito, lejos de ser una melodía pegajosa para quien la escucha, era simbolizar la unidad y la paz, conceptos tan utópicos como esperar que los políticos actúen sin intereses ocultos.
Hablemos claro: el himno se creó en un periodo muy peculiar. Era el apogeo de la Guerra Fría y el mundo estaba dividido en bloques más endurecidos que una roca ante un tsunami de lava. Entonces, ¿cómo no ver este esfuerzo musical como otra jugada de relaciones públicas adornada para dar una imagen pacifista de un organismo que, por hacer, hacía muy poco? El himno se presentó en una ceremonia pomposa y formal, pero nadie pudo ignorar el elefante en la sala. Las Naciones Unidas seguían siendo la mesa de negociaciones de superpotencias enfrascadas en rivalidades que no parecían querer acabar.
El "Himno a las Naciones Unidas" no cuenta con las letras sofisticadas ni la resonancia emocional que tienen himnos nacionales como el de Estados Unidos o el "God Save the Queen" del Reino Unido. En cambio, es una pieza instrumental que, aunque cuenta con el indudable talento de Casals, nunca logró capturar el corazón ni el alma de las naciones que decía representar. Y por supuesto, las críticas no tardaron en llegar. Algunos lo llamaron sofisticado, otros tan memorable como un paseo por un museo en día lluvioso sin paraguas.
Es ridículo notar que en lugar de unir, logró dividir. Hubo debates y más debates sobre por qué no incorporar letras que simbolizaran ideales humanitarios globales. Pero pongámonos en sus zapatos: ¿quién podría componer algo que realmente absorba el dilema y la diversidad cultural y política del mundo en unas pocas estrofas? Lo más cercano que lograron fue una pieza impregnada de grandilocuencia y falta de dirección, quizá un reflejo de lo que muchas veces es la ONU misma.
Lo fascinante es: ¿quién necesita lo que no entiende? Recuerdo la famosa línea que solía recitar un viejo profesor mío: "los himnos no plantarían cara a los problemas del mundo de Primera''. Aunque claro está, que la melodía no tiene culpa; es el simbolismo que pretendía llevar consigo. Tal vez en una reunión de melómanos de la ONU en semana de ocio se le encontró utilidad, ¿pero en el ámbito de política internacional?
Puede que sorprenda a algunos saber que esta pequeña pieza musical ha intentado ser rescatada y reinterpretada. Varios intentos han pomposamente tratado de revitalizarla. Quizá un guiño al hecho de que la ONU siempre está haciendo malabares entre servicios prácticos y gestos simbólicos huecos. La letra aquí sigue ausente, salvo en las ocasionales adiciones vocales en interpretaciones locales que, por supuesto, no tienen estampa oficial.
Finalmente, como el conejito de las pilas que nunca se agotan, la ONU sigue su camino sin que el "Himno a las Naciones Unidas" tenga efecto global en el escenario político o cultural. Esto no es motivo de admiración, sino de análisis, pues ¿de qué sirve un canto si no hay nadie escuchando con atención? Quizá necesitamos ir abriendo camino a una forma de unir naciones basada en acciones más tangibles y menos en notas musicales entonadas en ceremonias.
En última instancia, el "Himno a las Naciones Unidas", como un barco que nunca llegó a su destino, parece haber pasado desapercibido por la mayoría de los oídos atentos. Tal vez el problema principal reside en la naturaleza misma de la ONU; sus objetivos a menudo quedan aplastados bajo el peso de sus propias expectativas. No sorprende que, desde su creación, muy pocas personas en la audiencia puedan tararear siquiera una nota suelta de esta melodía monumentalmente olvidada.