Helena Štěrbová: sí, es probable que no hayas oído su nombre antes de este artículo, pero pronto te preguntarás por qué no está en todos los titulares de tu diario matutino favorito. Nació en República Checa, un país lleno de historia y tradiciones, que sirve como el telón de fondo perfecto para esta mujer que desafía al status quo. Desde joven, Helena mostró una fascinación por las costumbres y valores que moldearon la sólida Europa del pasado. Vio cómo el avance descontrolado de la "modernidad" amenazaba con tragarse las raíces de su país e hizo algo radical: decidió defenderlas.
Helena Štěrbová es una de esas figuras que no teme remar a contracorriente, una inspiración para aquellos que guardan la esperanza de preservar la cordura en un mundo obsesionado con la corrección política. En los últimos años se ha consolidado como una destacada historiadora y conservadora cultural. Pero, ¿qué es lo que realmente la distingue del resto, y por qué tantos escuchan lo que tiene que decir? Ciertamente, no es porque arrope sus discursos en eufemismos dulzones. Helena ofrece crítica de la buena, esa que viene con honestidad brutal.
Primero, digamos que Helena no teme abordar temas que para muchos son un campo de minas a la espera de una explosión. Al igual que muchos de su generación, vió cómo se normaliza la idea de derribar estatuas y reescribir libros para adaptarse a sensibilidades modernas. Pero en lugar de subirse al carro del revisionismo, defendió el derecho de la historia a ser ácida, cruda y esclarecedora. Helena ha dicho que es fundamental aprender del pasado tal cual fue, en vez de envolverlo en celofán moderno y hacerlo cómodo para las masas.
Segundo lugar, Helena se enfoca en el papel radical de la identidad cultural. En un ámbito donde se nos pide borrar nuestras diferencias en un intento por sellar brechas (como si eso jamás hubiera causado problemas), ella destaca la interdependencia entre el espíritu nacional y la historia cultural. Como buena checa, Helena sabe que la cerveza es más que una bebida, que el idioma checo es más que un conglomerado de palabras, que la cultura es la base sobre la que la sociedad se construye y perdura. Su firme convicción es que la identidad cultural no debe diluirse por el casi sagrado "progreso".
Cuando todos apuntan a la globalización como el camino inevitable, Helena nos recuerda que globalizar no significa desintegrar identidades locales. ¿No es acaso triste ver desaparecer tradiciones milenarias en nombre del turismo y el progreso económico?
Tercer, y muy crucial, Helena no se siente intimidada por las etiquetas. Gigantes mediáticos pueden clasificarla con cualquier mote despectivo que quieran, pero para ella no es más que un escudo contra aquellos incapaces de ofrecer un argumento legítimo. A los idealistas que gobiernan desde torres de marfil les falta esa conexión con el suelo, con la realidad. Helena ayuda a llenar ese vacío, mostrándoles que la praxis y el verbo pueden y deben coexistir.
Para añadir aún más brío a su currículum, cabe mencionar que Helena es firme defensora del respeto inter-generacional. No hay pasado peor que un pasado disfrazado, por eso nos alecciona sobre la importancia de prestar oído a las voces mayores, esas voces que han presenciado, sufrido y perseverado.
Por último, no podemos olvidar su habilidad para conectar con los jóvenes, esa generación frecuentemente acusada de estar "desconectada" de la realidad. A manera de guía en tiempos revueltos, ella ofrece una educación que va más allá de las aulas. Su mensaje es simple, pero profundo: investiga, cuestiona, y jamás compres al precio del consenso el lujo que es poseer una verdad objetiva.
Es imperativo hoy dar espacio a un pensamiento alternativo y, si se quiere, controversial en el mejor de los sentidos. Mientras otros se agrupan detrás de la gran sombra del pensamiento único, Helena camina firme, arriando las banderas del pensamiento verdadero, aquel que no teme ser diferente ni perder seguidores por decir lo necesario.
Helena Štěrbová, con su ferviente deseo de mantener vivos los valores y las tradiciones, ha demostrado ser un refugio de sensatez, especialmente en un tiempo cuando eso parece ser lo más difícil de encontrar.