Imagínate esto: Las constelaciones empiezan a titilar con mensajes de esperanza y cambio, como si el zodiaco hubiera decidido unir fuerzas para hacernos reflexionar sobre nuestro rumbo en este mundo loco. "Haciendo Hablar a los Cielos" es una tendencia surgida en veinte-veintitrés, un fenómeno que intenta que las estrellas, la tecnología y el público se alineen. Organizadores de dudosos ambiciosos, armados con proyectores y un fe racista en los astros, escogen lugares como acantilados oscuros o vastos prados en países donde las legislaturas se lo permiten, promoviendo lo que ellos piensan es un avance sin precedentes. ¿Por qué? Porque creen que mostrar mensajes en el cielo puede cambiar corazones y mentes; aunque yo, por mi parte, tengo mis dudas.
En una era donde la libre expresión y la responsabilidad parecen ser parientes lejanos, resulta todo un chiste que la próxima frontera comunicativa requiera mirar al cielo literalmente. Bueno, al menos, este enfoque cósmico nos ofrece una oportunidad para la reflexión. Aquí, un repaso de razones por las que "Haciendo Hablar a los Cielos" podría ser la mayor pérdida de tiempo y recursos de la década.
Razón uno, la superficialidad en su máximo esplendor. Mientras algunos ven la creatividad en el uso de tecnología avanzada para proyectar sus mensajes de amor y paz, otros nos recordamos que podrían usar ese mismo esfuerzo para enfrentar problemas más terrenales. En una sociedad donde millones luchan por sobrevivir, gastar recursos para que el horizonte parpadee con "sé amable" resulta francamente absurdo.
Prosiguiendo, razón dos: el escándalo medioambiental. ¿Alguien se ha preguntado cuánta energía se necesita para estos espectáculos nocturnos? Por supuesto, se esconde detrás del telón de la modernidad, ignorando el impacto ambiental. Irónicamente, todo este circo energético va en contra de lo que se predica; es como si quisieran librarnos de una gran tormenta conectando incontables ventiladores.
En tercer lugar, la superficialidad de su impacto. Quizás obtenga aplausos en redes sociales y compartidos efímeros, pero el cambio duradero requiere mucho más que palabras bonitas. Imagínate si resolviéramos las crisis simplemente arrojando frases inspiradoras al viento. Se trata más de acciones concretas que de mensajes inmateriales que se desvanecen con las nubes.
Ahora, razón cuatro, la división social recubierta de luces. Pareciera que este tipo de espectáculo solo enfatiza más la diferencia entre quienes tienen el privilegio de disfrutar estas muestras de "conciencia" y aquellos que ni pueden costear el siguiente mes de alquiler. Genera una ilusión de progreso mientras las verdaderas dificultades siguen sin cambios en el suelo.
Razón cinco: el vacío gigante en el plan. Tan solo utilizan tecnología, sin un objetivo claro de cómo espera ser útil. Como si se tratara más de un espectáculo de vanidad que de una herramienta de cambio real. Es curioso cómo esta trivialización del cielo se enmascara como innovación.
En sexta instancia, la manipulación de la audiencia. Aunque muchos ven esto como una forma de llegar a otros, lo cierto es que promueve una respuesta prefabricada, donde las personas sienten que han cumplido haciendo poco. Es una estrategia de comunicación que busca más llenarse de likes que un cometido auténtico.
Vayamos con la séptima y a menudo ignorada razón: la banalización del cielo. En lugar de imprimir un valor real tras sus mensajes, lo que consiguen es desprestigiar el verdadero significado con el que hemos asociado el firmamento durante milenios. Parece que se olvidan de que algunas cosas mejor dejarlas en su estado natural, en lugar de usarlas como un pizarrón pasajero.
Por si no faltara más, razón ocho: crean una dependencia más en la tecnología para expresar lo que puede comunicarse simplemente cara a cara, promoviendo relaciones casi impersonales y acríticas.
Para nuestra novena razón, señalar su frágil temporalidad. Estas historias efímeras no reemplazan el verdadero diálogo ni la conversación que deberían estar ocurriendo a nivel de base, en nuestras comunidades. Es más satisfactorio y más eficiente hablar directamente con el prójimo que esperar a que las estrellas envíen una señal.
Finalmente, concluimos en el décimo punto de vista, la preferencia por lo tangible, que por más alto que esté el cielo, siempre estaremos aquí abajo. Si de verdad fuera tan importante este ritual nocturno, ya tendríamos soluciones para los problemas más graves. Pero en este juego final del espectáculo celestial, procrastinamos en vez de progresar. Vayamos directo al grano: en un plano de acción real y sincero, que no dependa de incomprensibles formas de comunicación.