¿Quién diría que la búsqueda de la verdad histórica sobre guerras justas e injustas aún irrita a más de uno? Ahí estamos, en el siglo XXI, y todavía pretendemos ignorar que algunas guerras son no solo necesarias, sino moralmente defendibles. Esto se ha visto desde la antigüedad, cuando civilizaciones tuvieron que enfrentarse a amenazas existenciales.
Tomemos un ejemplo clásico: la Segunda Guerra Mundial. ¿Alguien puede debatir que este conflicto armado fue algo menos que necesario para detener la marcha implacable de un régimen totalitario que aspiraba a gobernar el mundo? Sin embargo, hoy en día, en nuestro mundo aparentemente iluminado, esa realidad se minimiza en nombre de una paz ilusoria. Vamos, ¡y de qué manera minimizada!
Es que algunos prefieren borrar el pasado y reinventarlo. Aquí es donde el pacifismo desenfrenado pierde el suelo. Las guerras justas existen como una respuesta a una agresión intolerable o una amenaza de tal magnitud que no hay otra opción que luchar. No se trata de glorificar la guerra, sino de reconocer su papel en mantener el orden y proteger la libertad. Un ejemplo más reciente podría ser la intervención internacional para frenar el avance de grupos terroristas en el Medio Oriente. Muchos chillan sobre intervenciones, pero posiblemente esos mismos enemigos estarían acosando patios traseros si no se hubiera actuado a tiempo.
Por supuesto, hay quienes viven del sueño utópico de un mundo donde las negociaciones y los abrazos resolverán todos los conflictos. Para ellos, cualquier reacción armada es condenable. Sin embargo, estos soñadores difícilmente saben del costo de no actuar.
Las guerras justas tienen sus reglas bien definidas. Estas incluyen tener una causa justa, como la autodefensa, y ser llevadas a cabo como último recurso. Los críticos a menudo ignoran estas normas, sobre todo cuando sus narrativas políticas se ven amenazadas. Se olvida fácilmente que la fuerza debe emplearse como escudo frente a la anarquía.
Volvamos a las guerras que erramos. Sí, pueden ocurrir y, sí, han ocurrido. Pero, en vez de condenar todo conflicto por las malas experiencias, sería más prudente analizar caso por caso. Si una guerra carece de causa justa o se lleva de forma desproporcionada, entonces es ahí donde debemos ser escépticos. Sin embargo, para algunos, es más cómodo calificar todo como injusto sin realmente ver el trasfondo: una manera de evitar una verdad incómoda.
Desde hace mucho, la historia nos detalla episodios de confrontaciones nada más que necesarias. En estos casos, cuando las negociaciones fallan y la diplomacia no basta, no hacer nada no es una opción. Las guerras justas cimentaron el camino para la defensa de la justicia y la libertad. Ignorar eso es un lujo de la corrección política.
Es así de claro si lo analizamos con una mente abierta: una guerra justa es aquel mal menor al que nos enfrentamos. NO ES QUE estemos promoviendo el conflicto, pero tampoco podemos hacernos de la vista gorda cuando el olfato detecta inevitablemente esa necesidad de defender nuestra paz.
El mundo no ha cambiado tanto. Todavía enfrentamos amenazas de regímenes opresores y agresores. Entonces, dejemos la hipocresía de lado. Las guerras justas, aunque moralmente complicadas, brindan una lupa clara para aquellas naciones profundamente comprometidas con ideales más grandes que ellas mismas. No debemos olvidar cómo nos guían por caminos que, aunque a menudo difíciles, son los únicos que evitan un mal mayor.
Al final del día, la sociedad debe estar lista para reconocer las diferencias entre una guerra justa y una injusta. Solo cuando lo hagamos podremos entonces mantener la guardia alta contra las reales amenazas que enfrentamos cotidianamente. Esa es la lección que todos deberían guardar en mente antes de señalar con aires de superioridad moral.
Así que, por todas las veces que renegamos la justa causa por no complicarnos con lo inconveniente, recordemos las veces que por un camino difícil, pero justo, la humanidad ha aprendido, prosperado y, más que nada, salvaguardado su esencia de aquellos que pretendían arrebatárnosla.