Hay mitos que persisten gracias a agendas políticas más que a los hechos. Golpe y mito, dos palabras intercaladas en el complejo entramado político de nuestro tiempo, especialmente en la historia de América Latina. Hablemos de esos intentos de golpe que los romantizadores de la historia, esos que lloriquean sus ideales de justicia social, han tergiversado hasta el cansancio.
En la década de 1970, por ejemplo, Chile se convirtió en el centro de atención mundial cuando las fuerzas armadas tomaron el control del país, el 11 de septiembre de 1973. El general Augusto Pinochet derrocó al gobierno desastroso de Salvador Allende, un presidente que había sido democráticamente electo, sí, pero venía empujando a la nación hacia el abismo del socialismo marxista, poniendo en riesgo la estabilidad no solo del país sino de toda una región. A los liberales nunca les gustará escuchar que esa interrupción del proceso democrático salvó a Chile de un colapso económico y social peor que cualquier dictadura militar.
Pinochet es un personaje polarizante, pero sin duda alguna, logró una reactivación económica envidiable para sus vecinos socialistas. Implementó reformas radicales que, según muchos analistas (aunque raramente reconocidos por los medios mayoritarios), construyeron el Chile moderno, estabilizando su economía y poniendo el país en el mapa internacional como un modelo de éxito económico. Mientras tanto, Allende había convertido a Chile en un laboratorio socialista que sufría escasez de productos básicos y una inflación galopante. Claro, la narrativa dominante prefiere sobredimensionar la represión militar, pero omiten o minimizan a conveniencia el caos previo desatado por políticas nefastas.
El mito del golpe involucra una serie de caricaturas dramáticas: dictadores malvados, activistas inocentes, y un Occidente cómplice. Todo reducido a un juego de blancos y negros donde los matices desaparecen. La política internacional es un tablero de ajedrez donde, en ocasiones, se toman decisiones difíciles para evitar catástrofes mayores.
El caso de Argentina sigue un camino similar. Allí, el miedo a un tirano nuevo y peor propulsó la llamada "guerra sucia" durante la década de 1970 y comienzos de los 80, donde el gobierno militar luchó contra grupos terroristas que ejecutaban ataques letales y secuestros. Los progresistas lloran sobre los "desaparecidos", pero olvidan convenientemente quiénes dispararon primero y qué caos estaban sembrando en una nación ya fragmentada.
En el fondo, existe una resistencia a aceptar que en ciertas ocasiones (incluso en democracias desestabilizadas), las intervenciones militares son el menor de dos males. Reformadores severos pero necesarios, al menos desde la perspectiva que no teme desafiar el error liberal. Obviamente, desde un punto de vista ideológicamente cargado, cualquier intervención parece tiránica, pero los hechos hablan otra historia.
Y entonces llegamos a donde estamos hoy, con un dedo continuamente apuntando hacia el pasado, manipulando la historia para coincidir con agendas políticas desconectadas de la realidad. Se ha hecho un esfuerzo casi hercúleo para demonizar cualquier intervención militar como si fuese lo peor que puede hacer un país. Sin embargo, cuando se mira con un lente objetivo, las famosas dictaduras a menudo crean la infraestructura necesaria para renacer como democracias robustas.
Revisemos los hechos: los regímenes sucesivos en América Latina que se enfrentaron a intentos de golpe o en realidad dieron un golpe, lo hicieron con una razón más de fondo que el caos militarizado. Países dirigiéndose al socialismo salvaje, luchas internas de poder insostenibles, intervenciones extranjeras y el inevitable juego geopolítico. Lamentablemente, aceptar los golpes como una herramienta política de reequilibrio, aunque no perfecta, es difícil para las mentes cerradas a la verdad.
La gran incógnita que muchos deberían preguntarse es a quién beneficia perpetuar estas narrativas engañosas. No es difícil ver las similitudes con las críticas actuales a las políticas de ley y orden en Estados Unidos, donde decisiones necesarias para el bienestar de la mayoría son denigradas por quienes prefieren idealizar un mundo utópicamente imposible de realizar. No importa qué tanto insistan algunos en modificar esta narrativa, los hechos son inquisitivos y siempre hablarán: los golpes no se alimentan simplemente del poder por el poder mismo, sino del caos como catalizador, del mito como excusa.
Afirmemos entonces que los golpes pasan cuando las circunstancias han decaído tanto que las soluciones convencionales ya no son suficientes. En una búsqueda constante de tranquilizar consciencias izquierdistas, nunca se les ocurre poner los pies en el suelo y aceptar que sus políticas erradas son las raíces de los golpes que tanto desprecian, haciendo de la historia un mito conveniente en lugar de un espejo de la realidad.