Glastonbury: El Lado Oscuro de la Paz y el Amor

Glastonbury: El Lado Oscuro de la Paz y el Amor

¿Qué ocurre cuando el festival Glastonbury, el símbolo del liberalismo musical del mundo, es retratado en un documental? Sin duda, se convierte en un despliegue del caos e idealismo superficial.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

¿Qué pasa cuando la meca musical del liberalismo mundial decide inmortalizarse en el celuloide? La respuesta salta a luz con "Glastonbury (película)", un documental dirigido por Julien Temple en 2006, que agita la bandera del caos social como si fuera una fiesta organizada por Woodstock, pero con pinta de cátedra política sesgada. Este documental retrata el famoso festival de música Glastonbury, en Inglaterra, desde sus inicios en 1970, hasta la actualidad. Con una duración de 138 minutos, juega a ser un mosaico de colores vibrantes que pretende sellar la historia de los experimentos sociales por parte de hordas de jóvenes en búsqueda de no se sabe qué.

Ahora bien, si uno se dedica realmente a ver esta película, notará que es menos un elogio a la música y más un espectáculo de cómo una multitud deambulante se unifica para olvidar sus responsabilidades sociales. Sí, amigos, cada vez que observamos las imágenes de jóvenes sin camiseta, abrazando una cartelera musical y platicando sobre un mundo ideal, lo que presenciamos es una forma de escapismo eterno. El empoderamiento individual que estos festivales dicen fomentar es meramente una fachada para el libertinaje y la falta de estructura real.

Este documental se toma su tiempo (138 minutos, para ser precisos) para recordarnos que la anarquía es solo divertida mientras la estás viendo detrás de una pantalla. Temple no escatima en retratos de artistas famosos, pero tampoco en la muestra de ese lado efímero que resulta tan atractivo para quienes surgen a nivel superficial y con poco interés real por los problemas que estos eventos podrían solucionar. La juventud y el caos se confunden en imágenes de espaldas bronceadas y sombreros de paja.

Uno de los puntos fuertes de "Glastonbury (película)" es su repertorio musical. No se puede negar que la música aquí es una de las razones que atraen cada año a miles de asistentes que huyen de lo que consideran "la rutina gris". Nos entregan a artistas memorables que han marcado un antes y después en la historia de la música y, de cierto modo, ha servido de continuidad para las carreras de varios de ellos. Pero aun así, uno no puede evitar cuestionarse hasta qué punto llega esa rebelión creativa y cuándo empieza el simple exhibicionismo.

Lo que podría considerarse un festival de música, se desdibuja en el glamour que su propia existencia rechaza. La promesa de una utopía bajo el cielo inglés se estrella con el terreno lodoso que termina siendo una metáfora muy literal de los ideales atorados entre el barro. No hay reglas, dicen, pero cuando aparece la anarquía, resulta que sí existen, vienen a rescatarte de una nube de marihuana a un rincón más civilizado.

Al ver "Glastonbury (película)", uno no deja de pensar en esas cuestiones sobre la humanidad y los falsos dioses que generan los eventos de masas. Resulta ser una crítica velada hacia un sector de la sociedad que tiene el privilegio de 'desconectarse', sin pensar en las responsabilidades que implica ser parte de ese mismo mundo que critican con tanto afán.

La promesa artística queda relegada en pos de un espectáculo de autoindulgencia. La confusión que el documental refleja entre lo que es libertad y lo que es libertinaje encarna un fenómeno donde la autodeterminación es una gran palabra, pero el resultado es siempre una resaca cultural. Es paradójico cómo del intento de vivir un ideal mayor, solo queda un efímero intento de escapar de la cotidianidad. La película simboliza cómo una libertaria idea festiva puede ser la perfecta excusa para no ver más allá.

En suma, "Glastonbury (película)" quizás es más un recordatorio de la fragilidad del argumento pacifista de izquierda que un verdadero tributo a la música. Asistir a cada edición de Glastonbury puede ser visto como un rito de paso donde la música es la excusa para una aventura que generalmente termina ignorando las verdaderas implicaciones de un cambio real.