François Perroux: Maestro del Crecimiento Inequívoco

François Perroux: Maestro del Crecimiento Inequívoco

François Perroux, el economista francés cuya audacia intelectual desafía el conformismo y plantea una visión clara y provocativa del desarrollo y el crecimiento económico.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Hoy nos toca hablar de François Perroux, un economista cuyo pensamiento provoca más de un dolor de cabeza entre aquellos que creen que toda teoría debe ser inclusiva y socialista. Perroux, con su mirada afilada y sus conceptos claros, desafía el conformismo económico que algunos desean imponer, levantando en su lugar un estandarte de ideas osadas y realistas.

Comencemos por recordar quién era François Perroux. Este economista francés, nacido en 1903, tomó el valiente paso al frente cuando muchos se quedaban rezagados en la comodidad de lo común. En vez de aceptar las teorías económicas dominantes sin cuestionarlas, Perroux se atrevió a plantar cara y ofrecer nuevas perspectivas más centradas en un enfoque práctico y resultadista del crecimiento.

Primero, Perroux fue un fiel defensor del concepto estaciones de crecimiento, o “póles de croissance”. Según él, no todas las regiones o sectores económicos crecen al mismo ritmo, una afirmación incómoda para aquellos que insisten en que cada miembro de la sociedad avanzará de la misma manera en condiciones equitativas. Para Perroux, el desarrollo está impulsado por ciertos puntos clave que generan dinámicas de crecimiento alrededor suyo, cuestionando así la visión homogénea de progreso que tantos intentan vender.

Segundo, su crítica a la noción tradicional de desarrollo lanzó ideas que desafiaban el statu quo. Mientras algunos preferían nadar en la embriagante corriente del desarrollo equilibrado, Perroux apostó por lo no tan amable. Argumentó que el desarrollo no debería considerarse únicamente desde el punto de vista material o de capacidad de consumo, sino desde la capacidad real de un territorio para impulsar su propia economía. Quizás quienes se jactan de ser expertos en justicia social pueden aprender del pragmatismo de Perroux.

Tercero, nos incomoda con su idea de 'fuerzas dominantes' en la economía y cómo un grupo relativamente pequeño de actores ejercen una influencia desproporcionada sobre el sistema. Perroux no se envolvía en vocabulario políticamente correcto ni en trivialidades. Él reconocía el hecho de que el poder económico no está distribuido equitativamente y proponía abordarlo tal como es, sin el sentimentalismo que alcanzan aquellos quienes idealizan la igualdad como un fin, y no como un enriquecimiento paralelo de perspectivas.

Cuarto, su concepto de superávit como motor del desarrollo proporciona un mar de pensamientos para aquellos que no temen ir más allá de las obviedades gastadas del igualitarismo. Para Perroux, el desarrollo es poder generar, acaparar y distribuir superávit. Esto suena a una melodía ofensiva en la partitura del colectivismo, pero también es un canto a la responsabilidad individual y a la competencia sana entre actores dinámicos y activos.

Quinto, a Perroux no le temblaba la mano al hablar de la coerción en las economías. Percibía los sistemas en constante búsqueda del control, en contraste con el idealismo romántico de una economía liberal que se maneja sola sin intervención alguna. Aquí, queda claro que la visión de Perroux choca con la idea horizontal de un mercado en el que todos tienen la misma participación. Si algo sabía Perroux, era que las estructuras económicas necesitan dirección y a veces mano firme.

Sexto, Perroux también se adentró en el espinoso campo de la planificación económica, como herramienta inevitable cuando se desea un desarrollo efectivo y sustentado. Véase aquí un pensamiento que irrita a los defensores de la idea de un mercado completamente libre de cualquier intervención. Para él, la planificación era imprescindible, un medio de colaborar hacia el crecimiento, sin por ello caer en la desmesura intervencionista que otros promueven. En lugar de sus aspiraciones utópicas, optaba por construir un sistema equilibrado donde la mano del mercado y la guía de la planificación coexistan correctamente.

Séptimo, su visión sobre los bloques económicos, aferrados a una idea central de integración interdependiente, era una declaración tajante que rompe el esquema solipsista de aquellos que creen que cada nación puede navegar sola en el mar de la economía globalizada. Perroux creía en la interacción económica, un gesto realista que asume que el progreso no es aislado sino comunitario.

Octavo, la creación de ‘mercados dinámicos’ y su conceptualización del ‘espacio económico’ encerraban parte de la magia pero también del sentido práctico que un economista con su visión debía tener. Aquí, es donde su pensamiento despliega un puente entre lo posible y lo lucrativo, en lugar de redescubrir continuamente la lógica circular de la solidaridad sin fundamentos económicos.

Noveno, estaba en la noción de poder de Perroux la defensa de una economía real, donde domina quien tiene y quien puede —una verdad incuestionable que muchos insisten en camuflar de sentimentalismo y utopías de igualdad que solo existen en papeles.

Décimo, la verdadera amenaza a las culturas económicas reales no surgía de la amplitud, pero sí de la desconexión con la visión práctica que incluye equilibrios de poder. En esto, Perroux nos dejó un legado basado no en percepciones imaginarias, sino en aproximaciones consistentes hacia un desarrollo genuino y racional.

Así, Perroux no solo ha marcado el ámbito económico, sino que sus contribuciones resuenan como un eco enraizado en la realidad que tantos intentan sacudir en sus eruditos devaneos de liberalismo económico.