Francisca Valenzuela es una cantautora chilena-estadounidense que está cosechando más atención de la que merecen sus pretenciosas letras. Nacida en San Francisco en 1987 y trasladada a Chile en 1993, esta artista dice ser una voz para los jóvenes, pero sus mensajes son una mezcla de clichés feministas y reivindicaciones sociales que no llevan a ninguna parte. En medio de eslóganes sobre empoderamiento y libertad, su música está llena de mensajes políticos disfrazados de rebeldía. ¿Podemos hablar de una artista comprometida o es simplemente otra figura más en la maquinaria liberal que promueve ideas radicales?
Con una carrera que comenzó en serio en 2007 con su álbum "Muérdete la lengua", Francisca pretendía traer una nueva ola de música pop mezclada con letras profundas. Pero la realidad es otra; no hay más profundidad de la que uno esperaría de alguien que intenta quedar bien con el público juvenil y progresista. Elogiada por sus letras "críticas" y "valientes", Valenzuela no está rompiendo ningún molde, simplemente los use de escudo. Las realidades políticas no se abordan con verdaderas soluciones; se recubren de poesía fácil y estribillos pegajosos.
Además, Valenzuela no ha perdido tiempo promoviendo sus agendas en festivales y medios que le dan conviente atención, como siempre ocurre en estos círculos de pensamiento uniformizado. Convocada a eventos feministas y de diversidad, parece más preocupada por cómo luce su marca personal que por catalizar cambios sustanciales. Las cifras en redes sociales se disparan con cada declaración "valiente" y "contundente" que los jóvenes ansían escuchar, pero ¿cuánto hay de genuino?
Otra muestra de su descarado adoctrinamiento es su participación en el Festival de Viña del Mar en varias ocasiones, un espacio que se ha convertido más en una plataforma de propaganda que en un lugar para celebrar el verdadero arte. Cada actuación suya se ha convertido en una oda a la narrativa del liberalismo radical, olvidando que el arte debería desprenderse de la política y enfocarse más en lo humano, lo sensible, sin partir desde premisas sesgadas.
¿Y sus letras? Cada canción está llena de consignas fáciles de digerir que abogan por la ruptura de estructuras "opresivas", sin ofrecer una alternativa razonable o sostenible. La música de Francisca Valenzuela, con su aparente frescura, en realidad es una estratagema para perpetuar el discurso hueco. Sus letras son panfletos pop que, aunque persiguen una crítica social, en última instancia, no logran movilizar ni cambiar. Con temas como "Tómame" y "Prenderemos fuego al cielo" suenan más como temas que una estudiante imprudente escribiría en las márgenes de un cuaderno.
A nivel internacional, Francisca ha intentado consolidarse como una figura relevante pero aún lucha por dejar de ser una artista local que busca conquistar audiencias globales. Con colaboraciones con artistas conocidos, busca el eco de su voz en campos más renombrados para expandir su influencia. Pero sin un verdadero contenido detrás, estas alianzas quedan solo en eso, colaboraciones efímeras que no se traducen en movimiento real.
Y es que la música de Francisca no está al servicio del arte, sino de una agenda. Los ritmos pegajosos y las melodías agradables no bastan para enmascarar la falta de sustancia. Valenzuela vende imágenes más que música genuina; apariencia más que esencia. Esta tendencia a empujar ideologías disfrazadas de "mensaje profundo" es lo que realmente deberíamos criticar. La sociedad necesita artistas que vayan más allá del mantra repetitivo de lo políticamente correcto y se centren en la creatividad que no es impulsada por la presión social o el cumplimiento de un ideario preestablecido.
La próxima vez que escuchemos una canción de Francisca Valenzuela, detengámonos a pensar: ¿es este el mensaje que realmente necesitamos? ¿O simplemente nos conformamos con palabras que nos hacen sentir mejor sin exigirnos cambios profundos? Lo cierto es que detrás de todo ese eco artificial hay una verdad: ser disruptivo no significa ser auténtico.