Si creías que el cine europeo era solo sobre romances empalagosos o dramas históricos, prepárate para la sorpresa. “Françafrique”, estrenada en el año 2010 en Francia, es un documental que se atreve a exponer lo que muchos gobiernos europeos preferirían que quedara en las sombras. Dirigido por Patrick Benquet, este filme nos transporta a la oscura realidad de las relaciones neocoloniales entre Francia y el continente africano, una herencia colonial que los 'progresistas' de hoy tratan de ignorar o minimizar.
Aquí tienes el plato fuerte: el documental se centra en la política exterior de Francia poscolonial, particularmente desde la década de 1960, donde se revela cómo París impone su agenda en sus antiguas colonias africanas. Esta es una verdad que incomoda a más de uno. En el fondo de todo está Jacques Foccart, una figura crucial para entender los untos y mojes del tema. Su papel como encargado de la política africana bajo De Gaulle y Pompidou es desmenuzado con precisión quirúrgica. Se revela que con un simple giro de muñeca, influyó en golpes de estado y garantizó el acceso a recursos naturales africanos estratégicos para la industria francesa.
¿Por qué ciertos sectores detestan este tipo de películas? La respuesta es sencilla: desenmascarar sonrisas diplomáticas y bonos de desarrollo camuflados con intenciones puramente geopolíticas es algo que el cine raramente aborda con tal descaro. Para algunos, reconocer la importancia de “Françafrique” sería casi como admitir que Europa se resiste a desprenderse del papel de colonizador. Es una crítica sutil y efectiva que, por supuesto, sienta especialmente mal a aquellos que prefieren borrar el pasado como un mal recuerdo.
Después de su presentación en CPH:DOX, el festival internacional de documentales de Copenhague, la cinta causó revuelo. Se habló de ello en corrillos políticos del Viejo Continente como si fuera una suerte de herejía cinematográfica. En conferencias sobre política internacional, el tema no era el contenido, sino el verdadero impacto que, si el público masivo acogiera el mensaje, podría tener sobre las políticas internas del gobiernito de turno.
Aquellos optimistas que piensen que el colonialismo es solo un cuento del siglo XIX se llevarían una sorpresa al descubrir las estrategias económicas, tales como la creación de la moneda CFA, que perpetúa la dependencia económica de África hacia la antigua metrópoli. La película ilustra cómo, en el cambiante tablero de ajedrez de la diplomacia, el peón africano sigue moviéndose al compás que Paris dicte. Los acuerdos financieros que, en teoría, ayudarían al desarrollo han resultado en una nueva forma de saquear recursos sin desembarcar con armas y banderas.
Quizás una de las secciones más reveladoras de la película sea aquella que trata la brutalidad con la que se ha neutralizado cualquier intento de independencia económica genuina por parte de los países africanos. Figuras clave que intentaron desafiar el status quo, como Thomas Sankara de Burkina Faso, fueron evidentemente una amenaza para esta estructura y, como tales, eliminadas del tablero con la rápida precisión de una partida de ajedrez.
El documental también hace un certero análisis de cómo los medios de comunicación han servido históricamente para manipular la opinión pública. Presentar el neocolonialismo como una “ayuda” humanitaria es un truco retórico impecablemente de engañoso. La narrativa se construye para que las conquistas capitalistas no sean vistas como tales, y lograr mantener el sistema en el que unos pocos países europeos continúan beneficiándose a costa de la mayoría africana.
Si lees esto y sientes cierto picor, es entendible. Algunos críticos tacharán al filme de tendencioso o excesivamente simplista, pero no se puede ignorar el coraje de Patrick Benquet para desnudar un tema que no solo es relevante, sino absolutamente necesario en el panorama geopolítico actual. Lo que resulta irónico es cómo este tipo de propuestas son desalojadas del discurso convencional, relegándolas a ciertos rincones del debate académico donde las mismas controvertidas narrativas son repetidas, pero al final solo acomodan a quienes ya conocen el guion.
En lugar de escuchar a autodenominados expertos que deciden cuál historia merece ser contada, hacer frente a “Françafrique” es una oportunidad para cuestionar las relaciones de poder y la presunta benevolencia de ciertos acuerdos internacionales. Esta es una cinta que desafía la ortodoxia política actual y nos invita a hacernos preguntas incómodas sobre quién realmente toma las decisiones. Te reto a que te sientes y lo veas con tus propios ojos. No tengas miedo de lo que puedas descubrir.