¿Quién defendió siempre la civilización mientras los demás se distraían con modas pasajeras? La familia, siempre la familia. La «Familia por Sobre Todo» de la que hablamos es la unidad compuesta por madre, padre e hijos, arraigada en tradiciones, principios y valores que construyen una sociedad fuerte y no lo que algunos intentan debilitar. En tiempos de cambios rápidos y moral inestable, es cuando más necesitamos este pilar. La familia es quien sostiene nuestras comunidades, actual y históricamente en tantos lugares, y por qué no decirlo, es la verdadera columna vertebral de cualquier nación.
Tal vez para algunos, la familia sea simplemente una convivencia circunstancial; para nosotros, no. El matrimonio entre un hombre y una mujer crea un núcleo natural e incuestionablemente beneficioso para la sociedad. Los compuestos familiares que quieran inventarse no tienen el mismo impacto. La estabilidad que provee una familia tradicional es incomparable. ¡Y ojo! Que algunos argumenten que el amor y la diversidad de formas de «familias alternativas» son el camino a seguir no lo hace verdad. La historia nos ha demostrado que las naciones más fuertes y prósperas son aquellas construidas sobre bases familiares imperecederas. De ahí se trasmiten cultura, raza, y valores. La esencia se preserva, y eso es innegociable.
La educación de un hijo bajo estos principios es invaluable. La familia enseña, protege y guía con un amor incondicional que nunca se equiparará a lo que pueda ofrecer un colectivo difuso o un sistema educativo que ni cuida ni educa. Mientras otros luchan por implantar en nuestros hijos ideas extrañas y confusas, la familia tradicional da sentido y claridad al decirles quiénes son y de dónde vienen. El hogar es la primera escuela de valores, respeto y honor, esencia pura de una sociedad estable y productiva. Si queremos una sociedad sólida, hay que empezar inculcando esta sabiduría desde el hogar, y no desde ideologías foráneas y bastardas.
Ahora, ¿acaso nos cruzamos de brazos y admiramos estos principios mientras la decadencia nos azota? Absolutamente no. Desde el ámbito político y social, es imperativo luchar para que la familia ocupe el sitio que le corresponde. Verdaderos patriotas que han sabido reconocer la familia como el centro de la civilización nos inspiran cada día. No necesitamos más libertinaje justificado ni justificaciones baratas, necesitamos que la esencia misma de la familia se mantenga intacta. Si se tiene la convicción, todo aquel que valore el futuro de su tierra luchará sin titubeos para preservar la pureza y solidez de la familia.
No podemos permitirle a lo que quieren llamarse gobierno, llevarse por impertinentes modismos que endosan desvaríos progresistas. Conservemos lo que es esencial: nuestra casa, nuestro refugio, nuestra familia. Nos corresponde proteger este legado y enseñarlo a las generaciones por venir. Este es el eco que debería resonar más fuerte en las urnas, mucho por encima de cualquier estridente barullo liberal.
La familia es donde comienza nuestro mundo y donde terminan nuestras jornadas. Defender el núcleo familiar es defender a nuestra civilización entera. Y para mantenernos fuertes, cohesionados y prósperos, debemos, más que nunca, volver a estas raíces intemporales.