Glastonbury, un festival que da más de qué hablar que una sesión maratónica del Congreso. Cada año, miles de almas se congregan nada menos que en Somerset, Inglaterra, para el icónico Festival de Glastonbury, que acontece puntualmente en el mes de junio. La gente dice que se trata de música; otros podrían argumentar que se trata del arte. Pero ¿quién se atrevería a negar que lo que realmente aparece en el centro de esta utopía moderna son los grandes excesos y aspavientos liberales?
Lo que sucede cuando se juntan multitudes en un campo no tiene parangón. Glastonbury es el perfecto escaparate del hedonismo desenfrenado, una especie de Woodstock para la era de las redes sociales. Los que asisten a este espectáculo no son precisamente los mismos que se sienten cómodos en un entorno ordenado o viviendo bajo reglas estrictas. No, aquí reina el caos, un lugar donde las normas se diluyen, y el interés por romperlas florece.
Una de las características más notorias de Glastonbury es la multiculturalidad visible entre sus asistentes. Esto podría sonar a un bello ideal cuando se escucha por primera vez, pero la realidad es bastante distinta. Esta diversidad, en lugar de enriquecer, se convierte en una mezcla de desorden donde predomina el ruido sobre el mensaje. En última instancia, nos lleva a cuestionarnos si realmente estamos asistiendo a un movimiento de enriquecimiento cultural o a un maratón de banalidades efímeras.
Es imposible hablar de Glastonbury sin referirse a los costos. Un boleto al festival cuesta tanto como varios abonos a eventos más tradicionales, donde la calidad artística y el respeto al público son parte del contrato. Así, quienes afirman que Glastonbury es accesible para todos quizá olviden el privilegio que representa poder pagar tan costosas entradas. Ya que estamos, es ineludible hablar de la infraestructura. En teoría, el festival presume de tener uno de los despliegues logísticos más impresionantes del mundo. En la práctica, las largas filas, las interminables esperas y las condiciones precarias más bien recuerdan una mal cuidada acampada comunal.
Hablando de sostenibilidad, la contradicción se mantiene. Aunque se promociona como un evento eco-amigable, basta con mirar un poco más allá para notar la incongruencia: decenas de miles de personas dejan atrás toneladas de basura, en una bacanal de desechos que desafía cualquier intención verde. Huele más a hipocresía que a un compromiso verdadero con el medio ambiente.
Y no olvidemos el absurdo en la moda. Glastonbury es el lugar donde lo extravagante es lo mínimo. Artistas, celebridades y asistentes por igual, rompen las leyes del buen gusto. Este desfile bohemio parece más bien una pasarela donde el objetivo es llamar la atención, incluso si eso significa pisar con botas la básica diferencia entre lo estéticamente placentero y el simple escándalo visual.
Como en cualquier evento de esta naturaleza, muchos de los asistentes usan este territorio casi anárquico como una vía de escape. Se vende una imagen de libertad absoluta, que paradójicamente, somete en el fondo a las limitaciones de una corriente masiva de pensamiento. La autoexpresión que dicen promover se convierte en una burla grotesca, guiada por tendencias preestablecidas que en realidad no liberan ni enriquecen.
Finalmente, es menester hablar de lo político. Parece que Glastonbury no es solo un campo de sueños, sino también una arena de discursos políticos. Lo curioso es que en este lugar tan abierto y alejado de las ataduras de la vida diaria, muchas voces que se alzan solo promueven una ideología. Mezcla de manifestación artística y plataforma política, Glastonbury sirve como megáfono para ideas que, muchas veces, simplemente abogan por cambiar el sistema sin proponer alternativas viables.
Al final del día, el Festival de Glastonbury es un espectáculo impresionante, sin lugar a dudas, pero también es un ejemplo paradigmático de cómo, a menudo, la pretensión de lo alternativo sirve para ocultar la falta de sustancia verdadera. Es un gran escenario donde el exhibicionismo y el hedonismo son reverenciados, y está plagado de indicios que muchos no quieren ver: que en este gran circo, lo que importa, realmente, es mantener el show, con máscaras que no reflejan la realidad sino más bien un espejismo bastante bien montado.