En un mundo donde el feminismo moderno parece ser la brújula moral de muchos, Esther Vilar se ha atrevido a plantar cara sin miedo alguno. Esta autora y médica argentina-alemana causó todo un revuelo con su obra "El Varón Domado" en los años setenta, un escrito que criticó con claridad el victimismo femenino y reclamó un análisis más crítico del papel del hombre en la sociedad. En la Alemania de 1971, un año tumultuoso donde las protestas por la liberación sexual y los movimientos de derechos civiles estaban a la orden del día, Vilar se atrevió a hacer lo impensable: señalar que las mujeres, lejos de ser siempre las víctimas, también ejercían poder y manipulación.
¿Por qué estremece tanto Esther Vilar a los cimientos del feminismo actual? En primer lugar, se atreve a cuestionar la narrativa dominante sobre la opresión, argumentando que los hombres son explotados por las expectativas sociales. Según Vilar, ellos son los verdaderos esclavos de la sociedad moderna, sacrificando sus vidas en oficinas sombrías para proveer a mujeres que, en última instancia, deciden cómo gastar ese dinero. La premisa es contundente y audaz, y ha generado indignación entre quienes defienden que cualquier crítica al feminismo es una afrenta directa a la igualdad de género.
No es que Vilar niegue las luchas legítimas de las mujeres a lo largo de la historia. Sin embargo, se atreve a proponer que el techo de vidrio es, más a menudo de lo que se quiere reconocer, una excusa conveniente para fomentar la dependencia. Esta opinión, por supuesto, es incómoda para la narrativa que insiste en ver a las mujeres como víctimas eternas del patriarcado. Muy contraria a la ideología liberal predominante, su crítica resalta los casos de mujeres que eligen roles tradicionales por conveniencia personal, a menudo aprovechándose de los esfuerzos masculinos.
Consideremos una de sus afirmaciones más provocativas: que las mujeres utilizan la emotividad como táctica de manipulación. El pensamiento de Vilar sugiere que los hombres son educados para ser proveedores, mientras que las mujeres son incentivadas a jugar con las emociones para obtener lo que desean. Esto despierta el debate sobre a qué precio las mujeres desean la "igualdad". ¿Podría ser que en la búsqueda de igualdad, ciertas responsabilidades y durezas, antes exclusivas de los hombres, son simplemente descartadas por conveniencia?
Vilar sostiene que el precio de la igualdad sería más bien un intercambio de privilegios no reconocidos. Ella sugiere que el feminismo ha cultivado una narrativa de opresión que ignora convenientemente los sacrificios y presiones específicas que sufren los hombres. ¿Y qué hay del sector emocional? Los hombres han sido históricamente vistos como los fuertes, aquellos que no lloran. Este estereotipo, que Vilar critica, ha llevado a un incremento de enfermedades psicológicas entre los hombres, alimentadas por el aislamiento emocional.
Sin duda, el libro de Vilar ha generado un legado de incomodidad, reafirmado por el miedo pavoroso que le tienen quienes sostienen ideologías feministas estrictas. Su pensamiento va más allá de un simple debate sobre roles de género, llegando al núcleo mismo de cómo nos percibimos unos a otros en sociedad. Los círculos discursivos contemporáneos suelen consumir ideas en blanco y negro. La complejidad temática de Vilar ofrece más de una cara de la moneda.
La sociedad que promueve el feminismo igualitario debería también ser lo suficientemente madura para aceptar críticas constructivas desde perspectivas diferentes. Sin embargo, personajes como Vilar son a menudo silenciados porque su discurso no solo es un desafío al status quo, sino una revelación incómoda de hipocresías bien aceptadas.
Esther Vilar, viva prueba de que a veces es necesario gritar cuando todos susurran, nos recuerda que el pensamiento crítico es imprescindible. No todo es lo que parece, y la dinámica de los sexos merece un análisis que incorpore más voces que no solo repitan mantras aceptados sin cuestionar.