¿Quién dijo que los mares y océanos no podrían ser la próxima batalla cultural? Cuando analizamos lo que está ocurriendo con el 'Estado del Mar', encontramos que estos cuerpos de agua tan vastos están enfrentando transformaciones más profundas que las mares científicas que dicen que quieren resolverlo todo con políticas verdes. Los mares cubren más del 70% de la superficie terrestre y son vitales para la humanidad desde tiempos inmemoriales. Pero, ahora, en pleno siglo XXI, se han convertido en el epicentro de discusiones globales sobre economía, medio ambiente y pesca sostenible, que comenzaron a tomar forma en la década de 1980 en foros internacionales. Aquí, demostraremos cómo la ideología política también salpica estas aguas.
Primero, la sobrepesca. Se nos ha dicho hasta el cansancio que los mares están en peligro por nuestra insaciable sed de pescado, pero lo cierto es que la verdadera amenaza es la gestión ineficaz y los acuerdos internacionales demasiado generosos que permiten la explotación por parte de naciones que no cumplen con las normas de sostenibilidad. Imponer reglas más estrictas y controles más significativos resolvería más rápido este problema que una caminata en pro del veganismo. Pero, claro, apostar por una gestión eficiente no siempre suena tan romántico.
Hablemos luego del cambio climático. Si bien nadie niega que el aumento de las temperaturas tiene un impacto en los mares, políticas excesivamente restrictivas que pretenden detener el cambio climático de un plumazo no son la solución mágica que se nos quiere vender. La naturaleza tiene su propia forma de equilibrarse, aunque ciertas narrativas prefieran inculcar el miedo antes que promover tecnologías e ideas verdaderamente innovadoras que admitan un desarrollo energético pragmático.
Pasemos al tercer punto, los plásticos. La contaminación por plásticos es una preocupación real, sí, y ver playas cubiertas de basura es desgarrador. Pero simplificar la cuestión a las simples bolsas de los supermercados es una ridiculez. La producción masiva de plásticos responde a la demanda global que nadie está dispuesto a reducir drásticamente. ¿Queremos menos plástico? Entonces necesitamos soluciones industriales prácticas, y no pretender que unas pajitas de metal van a salvar el mundo.
El comercio marítimo mundial es otro frente de batalla. Los océanos son las autopistas del planeta para el comercio. Impulsar reglamentaciones que limitan este sector es ignorar la absoluta dependencia mundial de los servicios y bienes que cruzan los mares. Pretender que un barco que emite un poco menos de CO2 resolverá el problema del comercio y las emisiones es una fantasía. Hay que promover industrias responsables que entiendan que eficiencia y economía no están peleadas con el sentido común.
No podemos olvidar a los verdaderos trabajadores del mar. ¿Qué sería de este planeta sin esos valientes que se lanzan a estos mares para traer a tierra la verdadera riqueza de los océanos? Políticas internacionales que gravan a estos hombres y mujeres con impuestos desproporcionados no son menos que un ataque directo a las comunidades que dependen del mar para sobrevivir. La idea de proteger el medio ambiente se pervierte cuando ignora las necesidades de la gente que vive de él.
Las costas y el turismo litoral. Claro, suena bonito llenarlas de estaciones de medición de olas y temperatura submarina, pero lo que falta son verdaderas políticas urbanísticas que equilibre el turismo con el impacto ambiental. No podemos, ni debemos, prohibir el desarrollo turístico en las zonas costeras bajo el argumento de autoridad económica o ambiental, sino integrarlas de forma inteligente.
Hace falta una mención a los océanos como fuente de energía. Estamos viendo cómo se exploran opciones como la energía mareomotriz o eólica marina. Sin embargo, la negativa a explorar estas alternativas de forma equilibrada por miedo a 'dañar' el paisaje marino es un absurdo, cuando todos sabemos que la demanda energética no hará más que aumentar. Qué necesidad de optar por soluciones extremas, cuando el equilibrio es la verdadera clave.
Por último, la ciencia y el interés marino. La ciencia siempre busca respuestas e, ironía del destino, es a menudo utilizada para sostener agendas políticas. Que no se nos olvide que la búsqueda del conocimiento marino debe ser guiada por curiosidad intelectual y no por presiones ideológicas. Estudiar no es sinónimo de limitar.
Nuestros mares seguirán siendo el epicentro de múltiples discusiones, pero es momento de asumir una posición de sentido común y no dejarse arrastrar por narrativas unilaterales que no hacen más que convertir el océano en la última frontera de nuestra creciente polarización mundial.