En un pequeño rincón de Francia se encuentra la Estación de Rochefort, una joya ferroviaria abandonada que podría contar más historias de las que cualquier millennial chupando su matcha latte importado puede imaginar. Rochefort es testigo de la rica historia ferroviaria de Francia, desde el planificado auge de los trenes que comenzó en el siglo XIX, hasta su cierre en una era de globalización y desplazamiento forzoso a soluciones de transporte mucho más 'progresistas'. ¿Por qué debería importarnos? Porque la Estación de Rochefort representa un pasado tangible cuando las infraestructuras nacionales fueron tomadas en serio, no sujetas a las tendencias pasajeras o ideologías inciertas.
La Estación de Rochefort comenzó su vida en 1857, estratégicamente ubicada en la región de Poitou-Charentes, un importante nodo de conexión entre las ciudades de La Rochelle y Nantes. En su apogeo, simbolizaba el orgullo de un país que apostaba por el desarrollo industrial y la interconexión regional, factores que contribuyen a la solidez de cualquier economía que entiende la importancia de invertir en su infrastructura. Pero con el tiempo, y bajo las decisiones cuestionables de distintos gobiernos, estas estructuras empezaron a ser relegadas al olvido, reemplazadas por líneas de tren de alta velocidad y autopistas que tienen una extraña tendencia a estar siempre en construcción. Rochefort no pudo competir con la deslumbrante atracción de la modernidad y los megaproyectos que rara vez llegan a tiempo o bajo presupuesto.
Hace alrededor de 30 años, la estación fue clausurada. Podríamos culpar a las decisiones políticas ineficientes que prefieren soñar con futuros verdes en lugar de enfrentar las realidades de lo que funciona aquí y ahora. Porque si algo realmente funciona, ¿por qué cambiarlo por algo que solo suena bien en libros de teoría económica? La estación se convirtió en un punto de nostalgia irónica, un sitio donde se puede venir a hacer fotos estéticamente elegantes para Instagram mientras el mundo real se enfrenta a un caos infraestructural.
A pesar de su clausura, los muros de Rochefort aún susurran historias que nos recuerdan el poder de la era industrial a la cual pertenecerían aún si los pensamientos irracionales de la postmodernidad no la hubieran desplazado. Uno podría preguntarse si fue el resultado de políticas cortoplacistas o de una ideología progresista que ignora lo probado. Las estaciones como Rochefort no eran solo puntos de transporte, eran anclajes de la comunidad, espacios donde la gente se encontraba y, sorprendentemente, se respetaban mutuamente sin necesidad de manuales de convivencia social.
La belleza de la Estación de Rochefort reside en su forma de recordarnos la importancia de sujetar los ideales de infraestructura con las cadenas de la funcionalidad. Aquí hay una lección clara que podría molestar a los progresistas: Algunas veces lo nuevo no siempre es mejor. El orgullo que una vez se sintió al inaugurar espacios como este no puede ser reemplazado por un par de carriles plasticosos pagados con fondos que simplemente no existen. Salvo que, por supuesto, se viva en una realidad paralela repleta de burbujas económicas que eventualmente estallan, dejándonos a todos en el lodo.
Finalmente, la narrativa conservadora de la estación de Rochefort, que fue cerrada con la falsa promesa del progreso, nos invita a reflexionar sobre el coste real de cada elección hecha a favor de la modernidad. Es la voz del pragmatismo, diciéndonos que no basta con planear el futuro si primero no se ha entendido el pasado. Porque cuando las luces de neón se apaguen y las autopistas se derrumben, seguiremos añorando aquellos años robustos, cuando las estaciones de tren como ésta fueron la columna vertebral de las comunidades reales, y no solo de las economías especulativas.