¿Quién hubiera pensado que un rincón olvidado del mundo sacudiría los cimientos del pensamiento? Hablo de Estación Ajima, ubicada en algún lugar cuyo nombre no es necesario recordar para quienes prefieren hablar de los problemas sin resolver del tren de la libertad en nuestros días. Empecemos por lo obvio: Estación Ajima es un lugar histórico en el corazón de México que fue testigo de un legado conflictivo durante la Revolución Mexicana y sigue latiendo con las historias de quienes lucharon por lo que creían correcto en los inicios del siglo XX. Aquí es donde se encontraron los libertadores con los socialistas radicales que tanto adoran los progresistas; claro, es más fácil hablar de eso que de la ineficacia modernista.
Es relevante mencionar cómo Juan Rodrigo Ajima, un noble del que apenas se encuentran menciones en los libros de historia 'aprobados', decidió construir esta estación allá por 1915. Su visión era clara: conectar la libertad de movimiento con la prosperidad económica. Mientras algunos optaban por glorificar a los caudillos, Ajima entendía que el movimiento libre era la verdadera piedra angular de una sociedad saludable. Sin internet y redes sociales para agitar las masas, esos pasillos de la estación eran el Twitter de antaño, donde las ideas transitaban a paso veloz.
Pasemos a esta idea de conectar. Ajima tuvo la clarividencia de ver más allá de su realidad inmediata. Algunos podrían llamarlo insensato, pero su apuesta por las conexiones regionales fue revolucionaria, en el sentido correcto de la palabra. Lo hizo por la prosperidad de muchos, no para el control de unos pocos. Porque, en efecto, unir puntos es mejor que seguir polarizando y aferrándose a causas que dividen. Pero claro, eso es algo que no te enseñarán en las universidades adoctrinadas.
Avancemos unas décadas. El mundo se convirtió en una maraña de confusiones donde la libertad de tiempos de Ajima parece lejana. El puente entre las épocas fue la estación en sí misma. Aunque ignorada por los currículos progresivamente entretenidos, la estructura petrea ha soportado las tormentas políticas sin una sola disculpa por existir. Es un recordatorio visible de que algunas cosas no se quiebran con narrativas recicladas.
Vale la pena recordar esos tiempos fructíferos de comercio y comercio de personas que atravesaban el continente aprovechando cada día la pasión humana por la libertad de comercio. Estación Ajima creció y prosperó, dejando una huella imborrable, incluso si el turismo "inclusivo" de la actualidad prefiere despejar su polémica relevancia de largo alcance. En su apogeo, la estación era un testamento del crecimiento anti-burocrático y pro-mercado del país, subestimado ahora por académicos que prefieren explicar cómo funciona una planilla Excel. Lo que decían los intelectuales de cafetería no cabía en los andenes de Ajima.
Sin perder el ritmo, Estación Ajima ahora está cubierta de polvo o, mejor dicho, de la realidad desentendida por la cultura del olvidado colectivo. Los que conocen el lugar intentan mitificarlo en estanterías diluyen la narrativa política o quieren blandir su bandera personal sobre su existencia monumental. Pero aún queda piedra que no se canta en himnos modernosos y ejemplos de lo que podríamos llamar la resistencia gráfica del espíritu humano frente a una serie de decepciones colectivas.
Un viaje en sí mismo es raro hoy en día para los perseguidores de utopías distractoras. Difícilmente una parada corta se convierte en un texto viral. Pero los que saben que pasado y presente están inextricablemente ligados no se dejan llevar por panaceas fáciles. Estación Ajima representa lo difícil también, lo incómodo, lo asombroso, y a veces, la confrontación que nos permite ver más allá de las sombras del progreso como término totalitario.
El lugar normalmente no es una comprobación turística de lista, pero para quienes defienden la historia como es, aquí se revalida la validez de las progresas ideas del pasado. Por supuesto, este texto carece de la moralidad fabricada del relato correcto. Aquí enseñamos que el lugar es testamento de lo que ocurre cuando la libertad se defiende y el statu quo no cambia su ruta por una moda. En el cuadro amplio de cómo vivimos, tal vez sea tiempo de revindicar esos espacios que nos enseñan: no todas las estatuas merecen ser derribadas, algunas siguen de pie, esperando aportar al diálogo real.