¡Vaya sorpresa en Eugene, Oregón! La Escuela Secundaria Woodrow Wilson Junior, esa institución que promete educar a los futuros líderes de nuestra nación, parece más preocupada en reescribir la historia que en enseñarla. ¿Qué está pasando en las aulas de este lugar y por qué los padres deberían prestarle atención? Esta escuela, fundada en un sueño de progreso en 1953, está metida en un torbellino de ideas modernas que tienen más de un resbalón histórico que no le gusta a más de uno. Aquí vamos a entrar en las diez razones por las cuales es un hervidero de buenos ejemplos de qué evitar si buscamos una educación basada en hechos, al menos esos que se pueden verificar en un libro de historia sin sesgo ideológico.
Primero que nada, su enfoque histórico es digno de una película de Hollywood, pero creada por guionistas progresistas. Basta con mirar lo que enseñan sobre las Américas: la narración usual de héroes y exploradores es reemplazada por una lista de quejas y victimismo. ¿A quién se le ocurre descartar a los grandes hombres que forjaron la nación por los últimos trucos sociológicos?
Segundo, y no menos provocativo, es el uso abusivo del término 'justicia social'. Claro, enseñar valores básicos está bien, pero están transformando las aulas en espacios donde las opiniones disidentes no tienen cabida. Criticar los acontecimientos históricos desde perspectivas diversas no es sólo bienvenido, sino necesario. Sin embargo, en Woodrow Wilson, parecen más interesados en profetizar una visión única y no permitir el sano debate, ahogando cualquier chispa de pensamiento divergente.
Tercero, el dominio del lenguaje inclusivo está en todas partes. Podría causar un cortocircuito en los cerebros de nuestros ilustres antepasados de lo rígido que resulta. Atrás quedó la elegancia del español sobrio en favor de una jerga que no hace más que confundir. La complicación del lenguaje se convierte en una barrera, cuando debería ser un puente de entendimiento.
Cuarto, parece que la robusta historia de Estados Unidos se relega por alguna razón a favor de ideologías importadas que no hacen más que desfigurar los logros alcanzados bajo la dirección del libre mercado. En algún lugar en la memoria de la escuela, el susurro de libertad y competitividad se hace más débil.
Quinto, ¿alguien dijo ciencia? Los jóvenes de hoy en día en la Woodrow parecen aprender más de activismo climático que de química o biología. La ciencia está para ayudar a navegar por el mundo natural, no para amedrentar con proyecciones de fin de los tiempos que no hacen más que sembrar miedo, no entusiasmo.
Sexto en nuestra lista, pero no menos inquietante, es la forma en que se manejan las clases de economía. Por lo visto, los profesores están más interesados en convertir a los estudiantes en mini-Marx que en capitalistas pensantes. Olvidan enseñar cómo funciona realmente un mercado abierto equilibrando oferta y demanda.
Séptimo, uno no puede dejar de mencionar el arte, ese campo lleno de potencial creativo que podría ser una celebración de la libertad de expresión. La verdad es que se ha convertido en un círculo cerrado de arte de protestas que, para ser sinceros, ha reemplazado la creatividad con un diktat político en latitudes como Eugene.
Octavo, lo que da la impresión de que para los directores de la cadena de mando académica es normal imponer 'correctivos' a profesores que no comulguen con dicha visión sesgada de la historia y de las ciencias sociales.
Noveno, el laberinto de regulaciones internas sobre los clubes de estudiantes, evidentemente promovidos según la causa del momento, recuerda un episodio triste de Orwell, donde la libertad está bajo escrutinio perpetuo. El tejido de actividades extraescolares dispone de un espectro de interacción limitado por la pauta de 'lo que es correcto', y ese no es precisamente un campo abierto para las ideas ni para la libertad de expresión.
Décimo, y aquí el golpe de gracia: los padres tradicionales que buscan tener su voz escuchada y cuidar la educación de sus hijos pueden encontrarse con ojos en blanco y puertas cerradas. Se perciben como si fueran intrusos en un diálogo que siempre estará cerrado para ellos.
La Escuela Secundaria Woodrow Wilson Junior, aunque con su riqueza histórica y de tradiciones, puede ser la clara expresión de hacia dónde no debe dirigirse una educación balanceada. Que el 'adoctrinamiento' no sustituya nunca el 'conocimiento'. Empecemos a valorar nuestras escuelas como foros de una verdad medida y objetiva que fortalezca el pensamiento crítico.