¡Sorpresa! Las Escuelas Estatales de Reforma para Chicos, a menudo vistas a través de un prisma de historias sensacionalistas y mitos, son más integrales para la sociedad de lo que muchos creen. La historia nos lleva a finales del siglo XIX en Estados Unidos, cuando hubo un aumento en el número de jóvenes involucrados en actividades delictivas. Con el objetivo de enderezar a estos muchachos descarriados, se establecieron estas instituciones, situadas generalmente en estados con grandes áreas rurales, destinadas a redirigir la energía bulliciosa de los adolescentes hacia algo productivo. Su propósito es claro: reformar y re-enfocar en lugar de castigar sin remedio.
A lo largo del tiempo, estas escuelas se han adaptado a las normas sociales cambiantes, pero en esencia, han mantenido una misión común: ofrecer a los chicos problemas una alternativa a la prisión. En nuestras ciudades, estamos viendo un número creciente de jóvenes que, siendo francos, simplemente tomaron un mal camino. ¿Hablamos directamente? La sociedad necesita un lugar para estos casos difíciles. Los padres responsabilizan al estado por un un fallo en el sistema educativo, pero tal vez es hora de que miremos más de cerca estos entornos escolares que están haciendo lo posible para lograr lo que los eternos tribunales no pueden.
Primero, el respeto y la disciplina son pilares. Muchos chicos que han pasado por estas instituciones no han experimentado la estructura o la disciplina que estas escuelas proporcionan. Aquí aprenden que hay consecuencias reales por sus acciones. Pero espera, esto no termina con un sermón moralista.
Segundo, estas escuelas no solo están ahí para imponer. No, estas escuelas están diseñadas para enseñar lecciones de vida valiosas y habilidades prácticas. Cursos de mecánica, carpintería y hasta habilidades electrónicas son parte de la oferta. Porque, seamos sinceros, ¿qué mejor manera de rehabilitar a un joven descarriado que darle herramientas reales para prosperar?
Tercero, la camaradería y la comunidad son otros aspectos importantes. Aquellos chicos que antes veíamos como lobos solitarios o ‘bad boys’ encuentran en sus pares una fraternidad que difícilmente pueden obtener en la corrosiva jungla urbana. Experiencias compartidas, trabajando juntos por un objetivo común.
Cuarto, desmentimos la idea de que estas escuelas son campos de concentración. Estas instituciones están supervisadas por profesionales comprometidos y no por carceleros. Los educadores y el personal a menudo se dedican más allá de la llamada del deber, viendo a cada chico no como un número más, sino como un posible cambio.
Quinto, están ubicadas estratégicamente en áreas donde los jóvenes pueden enfocarse en lo importante. Alejados de tentaciones urbanas, se les da la oportunidad de respirar aire fresco y ver el mundo desde una nueva perspectiva.
Sexto, y aquí es donde los “progresistas” se alarmarán, porque las escuelas de reforma dejan al descubierto muchas fallas de la indulgente crianza moderna y los prodigios de un sistema que busca compensar y no dialogar con rebeldes sin causa.
Séptimo, y por supuesto, hay altos y bajos. Como cualquier sistema, no es perfecto. Pero el índice de éxito lo dice todo. Ha habido innumerables testimonios de chicos que hoy son hombres de bien gracias a ese susto y posterior corrección en las escuelas estatales de reforma.
Octavo, la constatación de que para muchos de estos jóvenes, la escuela de reforma era la última parada antes de una vida de crimen adulto, pone en perspectiva su propósito y relevancia.
Noveno, restauran la fe en que el estado, al menos de vez en cuando, puede producir una solución viable para un problema social.
Décimo, estas instituciones desarrollan la ética del trabajo y la capacidad de autorreflexión que llevan a procesos de introspección que pocos sistemas educativos ofrecen. Porque, sí, estamos hablando en serio: menos incentivo, más razón.