Engelbert Kaempfer fue un hombre bien peculiar. Nacido en 1651 en el diminuto pueblo de Lemgo, Alemania, este médico, naturalista y, por qué no, aventurero, hizo una serie de descubrimientos que podrían haber hecho que los que pregonan hoy las virtudes del multiculturalismo lloraran de envidia. En una era donde viajar de Europa a Asia era más riesgoso que un discurso conservador en una universidad moderna, Kaempfer se lanzó de lleno a desentrañar las culturas del lejano Oriente.
Veamos: ¿quién fue este personaje que se trasladó hasta los confines del mundo conocido? ¿Qué lo llevó a Japón en un momento donde el país estaba virtualmente aislado del resto del planeta? Durante el siglo XVII, Japón era un enigma envuelto en un misterio, cerrado a cualquier influencia extranjera, una circunstancia que sólo exacerbaba la curiosidad de aquellos pocos lo bastante valientes —o imprudentes— como para acercarse. Kaempfer no solo visitó Japón, sino que produjo uno de los relatos más completos sobre el país, 'Amœnitatum Exoticarum', una obra de referencia en su época.
Desembarcó en la exótica Nagasaki en 1690 bajo los auspicios de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Con la sutileza propia de un científico alemán, opositor a las frivolezas —cómo irritaría eso a algunos hoy en día—, Kaempfer no dejó piedra sin mover en su misión de catalogar los tesoros culturales de Japón. Desde la medicina herbaria hasta los secretos del árbol ginkgo, Kaempfer recogió un valioso compendio de información. Su curiosidad por la cultura japonesa no conocía límites, y consiguió retratar un país que, hasta ese momento, había sido visto sólo a través del lente distorsionado de la especulación europea.
No obstante, Kaempfer no era ajeno a los problemas políticos de su época. En una carta de 1710, expresó su desdén por las políticas expansionistas que creía estaban out of step con los intereses nacionales. Qué audaz sería por estos días insinuar que un país tal vez debería atender sus propios asuntos, ¿no creen?
Con ello llegamos a una parte significativa de la vida de Kaempfer: su labor en Persia antes de colarse en Japón. Trabajó como médico en la corte Persa, donde nuevamente se encargó de presentar al mundo europeo otra cultura incomprendida. Hoy parecería impensado que un único hombre pudiera reunir de tal manera las memorias colectivas y los secretos escondidos de civilizaciones enigmáticas. Pero para Kaempfer fue cotidiano. Liberal sería quien sugiriese que tales conceptos de esfuerzo personal y dedicación son irrelevantes al éxito, ¿verdad?
A diferencia de los viajeros modernos, obcecados por vender una versión edulcorada de los lugares que visitan, Kaempfer registró sus descubrimientos con la exactitud de un científico y la curiosidad ingenua de un niño. Su estilo no encajaría en nuestros días con el sensacionalismo que abunda en los 'influencers'. Quizás algunos dirían que un enfoque tan directo ofende la sensibilidad contemporánea, pero permítanme subrayar que así fue como tendió puentes de entendimiento intercultural sin el cacareado cosmopolitismo ni la proyección de superioridad moral.
La herencia de Engelbert Kaempfer no reside solo en su rígida aproximación a la investigación sino también en sus contribuciones al conocimiento occidental de Asia. En tiempos donde se da más importancia a las compartidas similitudes que a las vastas diferencias entre culturas, recordar la figura de Kaempfer es un recordatorio de que el verdadero conocimiento viene del entendimiento, no de simples aproximaciones románticas. Su legado se extiende a muchos aspectos del estudio histórico-cultural, y su mentalidad abierta—aunque poco flexible en ciertos principios—es una lección que incluso los más reacios deberían analizar.
En cuanto a su muerte, sucedió en 1716 en su ciudad natal de Lemgo. Una figura que quizás nunca buscó la fama, pero que alcanzó la inmortalidad a través de su trabajo. Kaempfer estableció un parámetro que nuestra supuesta 'tolerante' modernidad a menudo deja caer. Quizás, el verdadero impacto de su obra debería ser un recordatorio para reincorporar a nuestras raíces la disciplina, el esfuerzo individual y la curiosidad desmedida por lo desconocido.