La Gran Broma del Arte Moderno: El Engaño de Ern Malley

La Gran Broma del Arte Moderno: El Engaño de Ern Malley

Descubre el asombroso y mordaz engaño de Ern Malley, donde dos escritores expusieron la credulidad y esnobismo del modernismo poético en la Australia de los años 40.

Vince Vanguard

Vince Vanguard

Prepárate para la historia de engaño más ingeniosa del siglo XX, tan improbable y dramática como un guion de película poco convencido. Estamos hablando del 'engaño de Ern Malley', un caso de rareza artística histórica que nació en Australia a mediados de los años 40 del siglo pasado. Dos brillantes pero traviesos escritores, James McAuley y Harold Stewart, decidieron orquestar un bulo que revelaría lo absurdo del arte moderno y su susceptibilidad a la farsa. Estos dos intelectuales genuinamente politizados crearon un poeta ficticio, Ern Malley, componiendo para él poemas crípticos en tan solo unas pocas horas con fragmentos y frases deliberadamente incoherentes.

¿Qué condujo a este par de periodistas consumados a tal ardid? En el contexto del auge del arte vanguardista, McAuley y Stewart quisieron claramente exponer lo que consideraban la vacuidad de las tendencias poéticas modernistas que parecían haber capturado las mentes de la cúpula intelectual "progresista" de su tiempo. ¿Cuándo exactamente se dieron la vuelta las reglas del buen gusto? Su problema no era el arte moderno en sí, sino la falta de sustancia detrás de lo que se pasaba por avanzado y revolucionario.

La trama se desarrolló con brillantez al presentar una serie de poemas atribuidos a un tal Ern Malley. Estos escritos fueron enviados a 'Angry Penguins', una revista literaria editada por el acérrimo modernista Max Harris, quien no tardó en celebrar los poemas como geniales obras maestras. El ridículo subió aún más cuando Harris, apenas diez años después, publicó un número completo de la revista en honor de este inexistente poeta. Qué irónico, ¿verdad?

Pero aquí viene lo jugoso. Al punto culminante de este impecable engaño, McAuley y Stewart revelaron la verdadera naturaleza detrás de asegurarse un espacio en la literatura. La humillación de Harris fue completa, y el evento evidenció cuán fáciles de manipular podían ser quienes consideraban tener un elevado juicio estético. No es especulación, sino un hecho: el modernismo, con sus pretensiones desmedidas, se convirtió en presa fácil de su propio esnobismo.

Hay quien argumentará que el arte es subjetivo y que la creatividad no debe ser medida por estándares convencionales. No obstante, atraviesan una puja algo paradójica. Si eres capaz de fabricar todo un canon poético deliberadamente sin sentido, plagado de provocaciones intencionales y obtener ensalzamientos críticos, la broma es más que evidente. Y es que lo que McAuley y Stewart hicieron no fue tanto burla barata como un comentario altamente acertado sobre cómo el arte, cuando no tiene más propósito que ser una amenaza del orden, puede resultar en puro sinsentido.

A pesar del golpe que ciertamente recibieron todos los que promovían esta falacia modernista, los círculos intelectuales progresistas parecieron moverse sin cuestionarse mucho más. Quizás fue su incapacidad para admitir que habían sido engañados de manera tan espectacular. O simplemente, la terca negación a aceptar que habían defendido algo tan frágil como el castillo de naipes de la poesía de Ern Malley. Mientras que Malcolm McAuley y Stewart observan probablemente satisfechos desde una anónima distancia el impacto de su proyecto, la red arácnida del arte continúa abrigando caprichos.

El "engaño de Ern Malley" es una lección vital de que siempre debemos explorar lo que consumimos culturalmente. Aunque en un mundo perfecto la validez del arte estaría en lo que representa, en su profundidad, este caso hace preguntarse cuánto hay de autenticidad presente. ¿Cuántas de las obras que se nos presentan como innovadoras son productos de un capricho incuestionado y no de un mérito substancial y auténtico? Quizás no todas las copas de vino añego que se sirven en las galerías modernas terminan siendo provocaciones sobrevaloradas, pero lo cierto es que aquellos que no investigan acaban alabando lo insensato.

Lo que mucha gente olvida, o decide ignorar, es el principio rector de discernimiento que debe regir todo juicio creativo. Al final, se abrió una puerta al debate sobre el sentido común versus el snobismo. El "engaño de Ern Malley" fue, simplemente, el recordatorio perfecto de que lo que se erige como arte puede fácilmente desmontarse si la crítica honesta no está presente. Que esto sirva de precedente para que más sagaces miradas se instalen cada vez que se pretenda imponer algún 'ismo' con el único pretexto de ser novedoso o transgresor. Y que el arte del buen sentido comuniquemos durante generaciones hacia futuro.