El 2007 no fue un año cualquiera para Turquía; fue un año de sacudidas, de tensiones políticas y de elecciones presidenciales que parecían salidas de una novela de intriga. En este intenso escenario, el siempre controvertido Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) se alzó, agitando el tablero político con movimientos que ni el más imaginativo de los liberales hubiera anticipado.
Como protagonista de esta serie de eventos, nos encontramos con Abdullah Gül, ese candidato que, a pesar de todo pronóstico, demostró ser un verdadero cruzado de la política turca. Aquí estaba, representando al AKP, un partido islamista moderado, en medio de una agitación política que prometía poner a prueba las fortalezas de laicidad de la república turca. Esta elección presidencial tuvo lugar el 22 de julio de 2007, y fue una lucha que se libró en pleno corazón de Anatolia y resonó con fuerza paralizante.
El contexto de las elecciones no podría ser más candente. Las reglas dictaban que el parlamento escogería al presidente. Sin embargo, la primera vuelta no logró el cuórum necesario ya que una oposición histérica —que, por cierto, logró mostrar su mejor cara en estos tiempos revolucionarios— boicoteó la sesión. Esto impidió a Gül alcanzar la presidencia en un primer intento. Pero, no teman, el AKP y su estrategia política no se desanimaron, más bien engrasaron los ejes del poder y forzaron, hábil y astutamente, una segunda vuelta.
Veamos: ¿Quién habría previsto que una nación, declarada laica según los principios del impecable Mustafa Kemal Atatürk, vería a un presidente islamista moderado ascender al poder supremo? Esta situación probablemente fue más de lo que muchos turcos tradicionalmente orientados hacia Occidente estaban dispuestos a aceptar. Una nación dividida asistió perpleja ante lo que muchos consideraron como un posible giro hacia el conservadurismo islámico.
Durante el proceso, las calles de Turquía se convirtieron en un hervidero de protestas. Los defensores del secularismo manifestaron su profunda preocupación, mientras que miles de turcos marcharon para proteger lo que consideraban los cimientos fundamentales del estado moderno turco. Sin embargo, el elefante en la habitación era la base misma de la democracia turca: la paciencia del ejército. Tradicionalmente, los militares turcos han sido considerados los guardianes del laicismo desde los días fundacionales de Atatürk, y no fue sorpresivo que su incomodidad comenzara a crecer junto con el número de pancartas de protesta.
Ahora, ponderemos la verdadera audacia del AKP: un partido arraigado en una profunda transformación hacia un conservadurismo moderado que consiguió navegar las turbulentas aguas de la política turca. En este contexto, Abdullah Gül se consagró como presidente después de una nueva victoria del AKP en las elecciones parlamentarias, que le dieron la mayoría necesaria. Fue el golpe maestro de un político que supo orquestar su ascenso a pesar de la feroz oposición.
Algunos dirán que este evento marcó un antes y un después en la historia política contemporánea de Turquía. En todo esto, la Asamblea Nacional Turca se vio como el campo de batalla donde se enfrentaron ideales laicos frente a un gobierno civil con ambiciones islámicas. Los observadores internacionales no pudieron evitar comentar que este proceso electoral desafió la supremacía secular que por tanto tiempo se había considerado intocable.
La lección que nos quedó es clara: en el ámbito político de Turquía, donde la tradición y la modernidad han estado en constante choque, cualquier cosa puede —y de hecho, sucedió en 2007— cambiar radicalmente en un abrir y cerrar de ojos. Para bien o para mal, Abdullah Gül asumió la presidencia el 28 de agosto de 2007, certificando un cambio rumbo a una era diferente para Turquía, una que algunos vieron como un camuflaje del sueño secular turco bajo capas de un redescubrimiento islámico.
Por sorprendente que parezca, tales giros son inevitables cuando la moral conservadora se enfrenta a una sociedad que, en definitiva, mantiene una lucha interna entre su pasado y su presente. Este escenario electoral se convirtió en el vivo ejemplo de que los ideales de secularismo sobre los que Turquía fue fundada hace más de ocho décadas seguían, y siguen, batiéndose en duelo. En 2007, el AKP no solo ganó una elección; allanó el camino para una redefinición de lo que significa ser turco en un mundo siempre cambiante.