Las elecciones generales de Myanmar de 2015 fueron un espectáculo de fuegos artificiales políticos que prometían mucho y, sin embargo, entregaron poco. Celebradas el 8 de noviembre de 2015, estas elecciones significaron el primer sufragio abierto en 25 años. En un mundo ideal, hubieran sido un paso significativo hacia la democracia para un país sinorizado por dictaduras militares. Pero, por supuesto, no vivimos en un mundo ideal y si bien Aung San Suu Kyi y su Liga Nacional para la Democracia arrasaron con el 86% de los votos, no podemos hacer la vista gorda al elefante en la habitación: una constitución que bloquea el camino y un desenlace que tenía más sombras que luces.
Para empezar, el gobierno militar, aunque hizo gala de su supuesta apertura democrática, dejó atado y bien atado el desenlace a través de una constitución que les aseguraba el 25% de los escaños del parlamento. Casi podríamos reírnos de esta parodia de democracia si no fuera porque es trágico. En cualquier juego de democracia representativa, este truco garantizaba que, aunque la Liga Nacional para la Democracia de Aung San Suu Kyi ganara las elecciones, seguiría siendo incapaz de modificar la carta magna sin el acuerdo militar. Un chiste, pero sin gracia.
Lo peor es que, aunque la victoria de Suu Kyi fue celebrada con bombos y platillos por medios y analistas, es fundamental entender que el ejército y sus generales nunca estuvieron realmente fuera del poder. Como era de esperar, la presidenta electa quedó en realidad bajo el control tácito de los jefes militares, quienes tienen la sartén por el mango. Bajo esta estructura, Suu Kyi cumplía más el papel de un títere ceremonial bajo la sombra de los militares que aún mantenían el control real.
Y no hablemos de derechos humanos y minorías étnicas. La censura y opresión nunca desaparecieron realmente con la llegada de la "democracia". En un país con varias minorías étnicas, incluida la ya mundialmente conocida represión de los Rohingya, la ola de elecciones de 2015 se asemeja a una lluvia de papel reciclado más que a un cambio genuino. Políticas de exclusión y represión siguen grabadas a fuego en la infraestructura política del país, y el público que fue al colegio a ejercer sus justos derechos votando, probablemente, no vio sus expectativas satisfechas como se pensaba al principio.
Por otro lado, las inclinaciones serviles hacia las fuerzas globales también son dignas de mencionar. Muchos ven estas elecciones como un intento de complacer a las potencias occidentales, regando con críticas lo que debería haber sido un árbol democrático pero que resultó ser un bonsái, recortado y limitado por el poder militar que sigue plagando cada rincón del gobierno myanma.
Esta es la realidad. La afirmación de que todo era positivo y la construcción del nuevo estado democrático en Myanmar es un cuento de hadas para los que prefieren no mirar bajo las alfombras del poder y la corrupción. Hay que entender que las elecciones como las de Myanmar no siempre significan verdadero cambio. La megalomanía y la avaricia todavía dominan, atrapando a la nación en un ciclo repetitivo de promesas incumplidas.
¿Así que esto fue todo? El espejismo de un nuevo amanecer para Myanmar parecía ser solo una fachada. La cuestión aquí no es si Aung San Suu Kyi y su partido eran capaces o no. La raíz del problema son las trabas constitucionales y la profunda codicia de aquellos en el poder que se aseguran de que, aunque las apariencias cambian, la realidad permanecía igual de sombría. Esto quizás sea el mayor desaire para los reformistas idealistas que creyeron que Myanmar avanzaba hacia un camino democrático.
En resumen, las elecciones de 2015 fueron un recordatorio contundente de que la democracia no es para todos, especialmente cuando se amarra a dictaduras disfrazadas. Si algo quedó claro, es que mientras el control militar no se disuelva, cualquier intento de democracia en Myanmar seguirá siendo un espejismo, causando que muchos continúen rascándose la cabeza y preguntándose por qué esa prometida primavera democrática se siente más como un invierno perpetuo.