¿Recuerdas ese juego infantil de "El suelo es lava"? Si no has oído hablar de él, se trata de un juego donde los niños evitan tocar el suelo como si fuera lava, saltando de mueble en mueble. Ahora bien, fíjate en cómo una simple metáfora infantil puede enseñarnos una lección de vida importante que muchos adultos parecen haber olvidado. Seamos claros, en un mundo donde el concepto de "responsabilidad personal" parece haberse disuelto como un azucarillo en un vaso de agua, este juego nos ofrece una realidad refrescante. "El suelo es lava" es una reflexión sobre cómo evitar las complicaciones innecesarias y las arenas movedizas de la autocomplacencia que inundaron nuestra cultura moderna. ¡Alerta de spoiler! Saltar de sofá en sofá no es una estrategia política, es una táctica de vida.
En cada lugar y en cada momento, este juego nos recuerda que siempre hay un camino alternativo, una ruta que requiere esfuerzo, pero que te mantiene seguro. Al tomar responsabilidad personal, evitamos los errores mundanos que acosan nuestras vidas, y, en especial, evitamos la tentación de hacernos las víctimas, esa táctica favorita entre muchos hoy en día. Nada representa mejor la contradicción en nuestra sociedad que un grupo de adultos moviéndonos como si el suelo no fuera peligroso, cuando en realidad cada mala decisión puede ser como pisar la lava.
La cultura del "resbalón" está en auge; es más fácil culpar al suelo por ser lava que admitir que tú decidiste poner el pie donde no debías. Se podría argumentar que esto es paralelo a aquellos que prefieren culpar a entidades externas y al sistema por sus tropiezos, antes que reconocer decisiones personales cuestionables. Jugar al juego no es solo algo para niños, es una estrategia de vida para entender la importancia de la responsabilidad, la planificación y el comportamiento adaptativo.
¿Cansado de excusas? Este juego nos enseña a dejar de lado esas excusas y asumir el control, a prever el riesgo y calcular cada uno de nuestros movimientos. Claro, algunos dirán que lo que necesitamos es colchones, redes, protecciones sociales, como si la vida de adulto fuera un gran parque de juegos donde todo vale, donde merecemos ser rescatados cada vez que elegimos mal. No; ese no es el camino hacia el éxito. Más bien, lo es la capacidad de adaptarse, aprender, y brincar sobre esos charcos de inseguridad propia.
El poder de una metáfora infantil para retratar nuestra historia adulta es extraordinario. En un mundo saturado de acomodaciones y resquemores hacia lo que es difícil, lo inesperado, y lo duro, "El suelo es lava" se convierte en una oda a la superación de las debilidades personales. Es la excusa perfecta para internalizar el concepto de que aunque la vida es dura, tú eres responsable de tus propios pasos y de cómo decides enfrentarte a los retos impuestos por un entorno, a veces, hostil.
El juego es también un recordatorio de que la vida no es siempre justa ni previsible. Sin embargo, esto no es una excusa para actuar de forma irresponsable o buscar cómo culpar a otros. Saltar la lava es practicar la habilidad de buscar alternativas, de ser versátil, de no encasillarse en un solo camino y esperar que te salven. Al final, solamente tú tienes el control de tus decisiones, y deberías abandonar la idea errónea de que puedes andar por un suelo que claramente es "lava" sin consecuencias.
¿Por qué tanto interés en este simple juego? Porque nos adentra en una reflexión sobre el estado actual de nuestra actitud frente a las dificultades. La necesidad de ser ágiles y adaptables contrasta radicalmente con la mentalidad que promueve la dependencia del sistema, voces que argumentan que es el Estado quien debe llevarnos "a cuestas" entre nuestros malos pasos. La metáfora del juego, si se entiende bien, es un revulsivo fenomenal para aquellos que esgrimen la narrativa del victimismo moderno.
Así que la próxima vez que un niño juegue "El suelo es lava", quizá sea tiempo de refrescar nuestra perspectiva y darnos cuenta de que, a veces, la mejor estrategia no es constante queja, sino hacer lo mejor con lo que se tiene, porque a la vida no le importa si piensas que el suelo es seguro o no. Una advertencia para los que creen que la comodidad y la seguridad deben ser un derecho dado, una pequeña corrección de rumbo hacia la responsabilidad y el esfuerzo propio.
El misterio de la lava en nuestras vidas es que nos mantiene despiertos, nos moviliza hacia adelante, y, más importante, nos enseña a superar. Si acaso necesitas una lección de vida, una invitación para asumir la responsabilidad de tus pasos, no busques más. Sólo recuerda el mantra: ¡El suelo es lava!