El Rover, esa película australiana del año 2014 dirigida por David Michôd, no solo rompió esquemas con su narrativa cruda y despiadada, sino que su banda sonora nos hace sentir las vibraciones post-apocalípticas. Nick Cave y Warren Ellis, quienes no necesitan introducción en el ámbito musical, fueron los encargados de crear una atmósfera sonora que te agarra del cuello y te arrastra por los desolados y polvorientos paisajes australianos que vemos en el filme.
Esta película, protagonizada por Guy Pearce y Robert Pattinson, tiene lugar en un futuro no tan lejano, donde el colapso económico ha destrozado la sociedad. En este entorno, la música, lejos de ser un simple acompañamiento, se convierte en otro personaje que narra silenciosamente el dolor, la desesperación y la búsqueda de venganza. En lugar de intentar hacerte sentir cómodo, sus notas disonantes subrayan lo brutal del relato, lo cual es una agradable bofetada a la melodía pegajosa y superficial que suelen alabar nuestros amigos más liberales.
No nos engañemos, las letras y compases de Cave y Ellis son cualquier cosa menos complacientes. Lejos de ser melódicas cortinas de fondo, su música nos lanza a esa oscura hondonada donde perlora el alma humana. Esto, definitivamente, no es acetato para quienes prefieren la luz de las comedias románticas. Esta banda sonora es para quienes tenemos la capacidad de enfrentar la realidad tal y como es, sin edulcorarla ni suavizarla.
El arranque del álbum no es una carta de amor. Canciones como "The Rider" y "Brooding" insisten en dibujar un mundo descarnado y sin remilgos, donde las notas mínimas son más poderosas que cualquier sinfonía abrumadoramente grandilocuente. A través de una combinación de cuerdas raspantes y un piano que resuena con pesadez, nos adentramos en ese recorrido polvoriento plagado de decepción y violencia. Además, nos muestran lo que significan verdaderamente las consecuencias de una sociedad al borde del colapso, algo que muchos ignoran o prefieren no imaginar.
Para aquellos que disfrutan de los detalles, el uso de los silencios y las pausas es una jugada maestra. En momentos donde las palabras serían insuficientes o demasiado explícitas, Cave y Ellis detienen las notas dejando que el silencio cuente la historia desgarradora. ¡Qué mejor forma de representar el vacío y la desesperación que con un silencio que corta el aire!
La banda sonora de El Rover es audaz. Atrévete a llamarla discordante, porque sí, en lugares arranca de raíz tus expectativas, pero eso es precisamente lo que la distingue. A diferencia de esas producciones con notas complacientes y empaquetadas, aquí la música se siente tan impredecible y mortal como el mismo desierto que enmarca la película.
Para aquellos críticos que exigen música que se alinee con sus agendas preconcebidas o que desean una tonada más ‘amable’, El Rover responde, mezcla el dramatismo con una franqueza auténtica y sin pedir disculpas. No hay lugar para lo superficial aquí. Si pides armonía, tal vez no seas capaz de asimilar una verdad auténtica que solo la música innovadora puede ofrecer.
El trabajo de Cave y Ellis no es una alusión, sino una declaración sonora de que no todas las historias deben seguir el mismo patrón confortable con finales felices y melodías azucaradas. Con cada instrumento elegido cuidadosamente, nos recuerdan que el arte no está aquí para complacerte, sino para moverte, incomodarte y a veces, desafiarte a entender una realidad que está a una sola caída económica de distancia.
Escuchar esta banda sonora es estar dispuesto a presenciar una crudeza que nos remueve y que, a veces, nos hace cuestionarnos qué tan preparados estamos para enfrentar un futuro implacable. Porque, al final, lo que Cave y Ellis nos traen no es una simple colección de canciones, sino una experiencia emocional que resuena profundamente.
Así que, para quienes desean experimentar una banda sonora que no solamente adorne una historia, sino que interviene y construye un relato paralelo de brutal honestidad: El Rover será, sin duda, un deleite para los sentidos demasiado adormecidos por lo políticamente correcto.